sábado, 13 de junio de 2015

Del amanecer y el perro

WagVal F.C
La mañana es fría. Mirar por la ventana es un augurio doloroso en el que uno se enfrenta al futuro inmediato de la forma más terrible. Ese color propio, cuando el sol aún no aparece completamente, pero la mañana ilumina, es, sin embargo, alentador.

Me arropo tras una ducha caliente e intento no sucumbir. Tras un desayuno precario comienzo a caminar sobre el asfalto resbaloso, moviendo los dedos dentro de los bolsillos para evitar el congelamiento. 

La cara es mi mayor preocupación. Duele sentir el viento azotando de pronto, posándose como una cuchilla afilada que corta de atrás hacia adelante y viceversa. El sonido de la fina capa de hielo resquebrajándose con mi andar es vigorizador.

La total ausencia de autos es reconfortante. El silencio se torna más puro cuando sólo es interrumpido por algún pájaro o el excesivo viento. Es difícil poder percibirlo en una urbe tan grande como Santiago. Por eso mi fascinación.

El cielo es celeste. El frío también. De pronto un perro aparece desde una reja de alambres. Su pelaje es café claro y las puntas están congeladas. Sus movimientos me sugieren que tiene frío, que quiere calor. Lo abrazo en cuclillas, lo levanto y lo mezo mientras su lengua me demuestra reciprocidad. 

Lo vuelvo a situar en el suelo. Froto mis brazos y mis manos sobre todo su cuerpo, intentando brindarle mayor temperatura. Su pequeño cuerpecito, trémulo, me hace responsable de su destino. Su pequeña cola se mueve en señal de aprobación.

Decidido a no permitir que su desvalida situación le juegue en contra, lo insto a ser mi compañero de caminata. Moviendo la cola se enreda entre mis piernas, corre, busca algún territorio para marcar, se devuelve. El vapor sale de su hocico mientras el sol comienza a aparecer lentamente. 

Quisiera seguir caminando, pero me parece que el frío es insostenible. El perro pareciera obviar el contexto en el que se encontraba hasta antes de vernos unidos por el mutuo y anónimo vínculo. Comienzo a socavar los restos de adversidades para volver a casa.

En casa busco arroparlo. Con una toalla lo seco. Le doy un poco de agua y comida que conseguí con un vecino. Se ve hambriento. Sigue moviendo la cola. Y mientras lo veo masticar me comienzo a cuestionar. ¿Dónde me está llevando la simpatía por este pequeño individuo?

Más tarde, cuando el frío invernal apacigua, salimos nuevamente a por una caminata indecisa. Y lo veo andar, con el vaivén de su colita, olfateando el pasto y los autos estacionados, corriendo lejos y luego volviendo, como si yo fuera el punto de referencia, de apego.

Se va con el andar apresurado por las calles y los arbustos. Entre rejas y alambres parece querer esconderse, para luego volver indómito hacia mí. Y el ejercicio se repite. Y yo lo veo desde la lejanía y la cercanía. Lo acaricio. Es presencia reciente de mi vida y yo pareciera ser eterno en la suya. 

miércoles, 10 de junio de 2015

Cuando nada éramos

WagVal F.C
No me acuerdo cuál fue el primero. Alguno de Salas o Zamorano. Quizás fue Estay, el Tobi Vega. Ante Colombia o Venezuela. No sé.

Sí recuerdo las sensaciones, los momentos. Mis primos y tíos gritando, celebrando, saltando, perdiendo por un par de segundos el semblante de seriedad que los caracterizaba. Yo me unía a la algarabía porque la felicidad que se exhibía en esa habitación era imposible de obviar. Contagiaba.

Desde aquellos tiempos que comencé a tener un sentimiento de pertenencia cuando la selección jugaba. Una sensación inexplicable que se apoderaba de mi pecho, una ansiedad extraña, un temor por no ver fracasar a esos hombres que, cuando anotaban, causaban una alegría excesiva. No entendía aún el por qué.

Esos años, sin embargo, fueron marcados por el fracaso. La costumbre de quedar al debe se consolidó en mi forma de entender el fútbol. Poco se ganaba en esa época, solíamos enfrentarnos a la derrota de último minuto con cierta frecuencia, y la mediocridad pasaba por un tema institucional. Claro, yo no entendía esas cosas.

Era la época de Acosta, del mundial del 98. De eso tengo recuerdos, pero tampoco tan vívidos. De ahí en adelante, cuando comienzan las clasificatorias (en ese tiempo eliminatorias) para el mundial del 2002, mi conciencia futbolística respecto a mi selección, respecto a Chile, se va afinando. Y ese entendimiento vino con las sensaciones anteriormente descritas, con la incapacidad de ver a un equipo medianamente competitivo.

Era, también, la época de Olmos. De Pedro García, de Lucho Fuentes, del choro Navia, de Rodrigo Pérez, a veces de Zamorano, a veces de Salas, de Rojas, de Tello, de Estay, de Maldonado, de Villaseca, de Cancino, de Martel, de Norambuena, de Acuña, de Melendez, de Pinilla, de Galaz, de Quinteros, de Riveros. Época de dos clasificatorias terribles, en las que cualquiera podía jugar, de cualquier forma, en cualquier estado.

Con el tiempo, con los buenos momentos que hemos vivido desde el 2007 en adelante, pareciera difícil recordar ese periodo. Chile se encontraba en el abismo, no teníamos por dónde encontrar una mínima cuota de éxito. Muchas veces dudé si algún día volvería a ver a Chile en un mundial. Si alguna vez Chile podría ser respetado.

Me acuerdo de esa sensación, después de perder nuevamente algún partido, cualquiera, de calmar la pena, la rabia, con la inevitable acción de dejar de creer, dejar de seguir a la selección. No voy a ilusionarme más, no volveré a ver los partidos con el fervor de siempre. ¿Para qué? ¿Para qué seguir sufriendo?

Hace un rato estaba viendo los resúmenes de las clasificatorias a Sudáfrica. El nacimiento de un equipo competitivo. Cuando Salas, en un último aliento, enmudeció el Centenario. Cuando Chupete hacía y deshacía. Cuando Alexis, Vidal y Bravo luchaban por algún día ser reconocidos. El gol de Orellana, cómo olvidarlo. El partido contra Colombia, aquella primera vez que el desenfreno se apoderó de mi producto de ciertos sucesos favorables durante 90 minutos.

Estamos acostumbrados a un éxito moderado, a tener un equipo que puede pelearle a cualquiera, que no se achica ante nadie, todas esas cosas que repetimos como sin tomarles el peso. Hoy gozamos de cierto estatus y acaso nos emborrachamos con el presente sin tener en cuenta nuestro pasado cercano. Hace diez años no éramos nada. Hace diez años el Mago Jimenez era el estandarte. La proyección del fútbol, la esperanza de una generación. No podemos olvidar.

Hace una semana que vengo sintiendo esa sensación en el pecho. La misma que sentí por primera vez en las eliminatorias para el mundial del 98. Y si bien durante los últimos años he logrado conducir el resultado de las emociones tras una derrota o victoria, aún siento esa maldita incertidumbre. ¿Seguiremos con el curso de nuestra historia o por fin el éxito será verdadero y no moral? ¿Es ahora o nunca cuando de verdad podemos ganar algo?

Mañana, cuando empiece el partido frente a Ecuador, olvidaré el presente. Imaginaré que nuestra selección es la de aquellos años magros, aquella de la que nadie esperaba nada, pero que podía sorprender. A ver si así la ansiedad puede ser bien conducida y mi selección, aquella que me ha hecho perder el control con el desenfreno y el delirio, me ofrece una nueva victoria. Para disfrutarla como lo hubiese hecho antes, cuando no ganábamos. Cuando veía a mis primos y tíos desbordarse de felicidad, sin entender el por qué de sus sonrisas.


domingo, 7 de junio de 2015

Delirio en un mousse

WagVal F.C
Sinceramente, el clamor que se busca producir mediante el alarde de una pequeñísima victoria personal me parece que es el mal de estos días. Al menos del mes. La nimiedad es de pronto expandible hasta el infinito y de cada mínimo suceso se encuentran cada vez más insignificancias dignas del olvido más grande de cualquier abismo.

Hoy por hoy comprendemos una sociedad que se sustenta en la posibilidad de agregar valor a lo que antes pasaba desapercibido. Y en aquél ejercicio nos hemos transformado en expertos del alarde, proporcionándonos como seres pensantes un nombre y apellido frente a la nueva sociedad, aquella que se rige según las leyes morales que en el mundo virtual se dictan. 

Cada uno de nosotros, en distinta medida, ha sucumbido a la perforación más profunda de un límite antes imbatible, que refiere al completo entendimiento de qué vale la pena y qué no. ¿Es posible destituir a la sociedad actual de la vorágine en la que se encuentra sumida? ¿Hay en el futuro cercano algún indicio de que toda esta sucesión de nuevas tecnologías y formas de vida se acercan a algo remotamente digno de orgullo?

El entendimiento personal hoy va por la pretensión de atributos ocasionales y volátiles, que nada aportan a la sensación de verdadero placer. Somos imberbes comunicadores a los que se les ha ofrecido la posibilidad de voz, pereciendo así el presunto anonimato del que hasta hace poco se gozaba con bastante obligatoriedad.

El beneficio de la comunicación social mediante las nuevas tecnologías ha decaído hasta el punto de hacernos pedantes con opinión universal. Hemos adquirido tal nivel de autoridad que nos ha atrofiado la perspectiva. Hemos sido la causa y la consecuencia de nuestros mayores males y hemos subsanado erróneamente cualquier dificultad a la que se le ha dado mejoría. 

Voy por la más atiborrada de las calles, de Santiago o de Berlín, y la realidad que se asoma es tan alarmante que de pronto la histeria no corresponde, pero no hay algo más allá, no está la miseria, tampoco el delirio. Se ve el mundo un irresoluto océano de soluciones a problemáticas equívocas. El destino del producto creativo e imaginativo está siendo convocado por las masas de menor aporte real al universo y la preservación de las buenas y últimas posibilidades de establecernos como seres moderadamente sensibles parecen deslizarse anónimas hasta el mismo olvido de las nimiedades.

Yo ya sucumbí ante las características del nuevo mundo. Pareciera que los esfuerzos por mantenerse al margen son inútiles y es inquietante la inevitable inserción en la que nos vemos envueltos. No hay vuelta atrás y está bien, volver al pasado nunca ha sido una solución, algo explica su imposibilidad. No obstante la búsqueda de nuevas rutas es parte del nuevo desafío. Al menos la última gota de esperanza no se secará escribiendo en este MacBook Pro. O al menos, eso espero. 

sábado, 6 de junio de 2015

Sazón de adiós

WagVal F.C
El reconocimiento era por su labor como encargado de las finanzas de la empresa durante más de veinticinco años. Su retirada venía con emociones de todo tipo, acaso la más frecuente, el dolor de dejar el lugar que le cambió la vida.

Un pastel, champagne, discursos, música emotiva. Todos, aspectos que parecieran ser los ingredientes de la receta para lograr el morbo que todos quieren ver, como para decir, misión cumplida: el llanto. Sin embargo él no lloraba. No lo hacía, precisamente, desde hace veinticinco años.

En su discurso se le vio parco. Agradeció con lindas palabras. Había preparado un pequeño discurso durante la noche anterior, el cual leyó sin mirar a quiénes escuchaban. Nunca sintió ganas de quebrarse, no pretendió sazonar la ocasión con un par de lágrimas y lamentos interrumpidos por el sollozo.

Los aplausos eran largos y tendidos, no faltaron los llantos disimulados, de hombres y mujeres, que veían cómo se iba el más longevo de los jefes. Aquél que no buscaba establecer la autoridad bajo la generación del miedo, la superioridad.

Tras despedirse de cada uno de los presentes, estrechar manos a todos, expresar palabras de agradecimiento desde la secretaria hasta el presidente, el hombre tomó su maletín, aquél que lo acompañó durante todos esos años de carrera y subió al ascensor en completa soledad. Dentro, suspiró profundamente, como quién acaba de desempeñarse en la más difícil de las tareas. No era secreto para quiénes bien lo conocían que la figuración pública, el mínimo atisbo de atención, era de su completo desagrado.

Llegó a la entrada del edificio, que estaba vacía. Era el contraste del ambiente en el que había estado veinte pisos arriba. Esperó apoyado sobre el mesón de mármol y con su dedo índice intentaba limar sin éxito la uña del pulgar de la misma mano.

Cuando apareció el conserje, con el uniforme doblado y sostenido por el antebrazo, los hombres, de casi la misma edad, se fundieron en un largo y franco abrazo. De su maletín, el hombre sacó un pequeño medallón, el cual entregó al conserje con mucha alegría. Era un reconocimiento a sus años de trabajo en el edificio.

-¿Cómo estuvo la despedida?-preguntó el conserje.

-Bonita. Excesiva.

-¡Veinticinco años y todavía le siguen celebrando los cumpleaños como si fuera el último y lo despiden como si mañana dejara de existir!-exclamó riendo el conserje.

Ambos rieron. El hombre obvió las preguntas respecto a la despedida del conserje, no era prudente establecer un paralelo insensato cuando los hechos y el presente dejaban en claro la situación.

Juntos salieron del edificio, por última vez, tras años de servicio en sus respectivos puestos de trabajo. El hombre emprendería un viaje hacia Pitlochry, pequeño pueblo escocés. El conserje, por su lado, postularía a un trabajo de medio día en el sur de Chile. Acaso se volverían a encontrar en algún recuerdo. Pero más allá de eso, era el destino el que se encargaría del resto.

viernes, 5 de junio de 2015

Guitarra vieja

WagVal F.C
Rasgada guitarra la que sonaba de pronto en el lugar. Ocasionaba, con aires tárregos*, un ambiente grato, de atardecer. Las noches eran menos esquivas desde que el viejo se decidió a perfumar con sus melodías, el callejón de la pileta.

Trin, tran, tren, trun. Sonaban hermosos cada uno de los acordes que perfilaba hacia los oyentes, tipos pasajeros que parecían escapar de una realidad un poco más favorable que la del hombre de las cuerdas.

Trin, tran, tren, trun. Se escuchaban en las calles aledañas las melodías y, la gente, se aparecía buscando el origen de la sonrisa que estaban sosteniendo de pronto y sin aviso. El viejo le daba vida a la oscuridad de aquél lugar.

Faltaban pocas semanas para el fin del año y el viejo no cesaba. La música seguía su curso natural de ecos irresolutos. Bastaban un par de monedas para lo mínimo y un par de curiosos diarios que se detuvieran a contemplar, para que la satisfacción fuera tangible en el corazón.

Los días y los años pasaban, mas el viejo se agarraba del tiempo, sin soltarse, asumiendo su papel de monumento perenne. Era acaso la pasión, aquella complicidad con la simpleza, la que lo mantenía, a pesar de sus años, soslayando mediante la música de su experiencia. 

Robert Sasel

*Francisco Tárrega, compositor y guitarrista español.
Con la tecnología de Blogger.

El nombre

Penumbra de la paloma
llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde
cuando la sombra no entorpece los pasos
y la venida de la noche se advierte
como una música esperada y antigua,
como un grato declive (…)

Calle desconocida, J.L.B