La mañana es fría. Mirar por la ventana es un augurio doloroso en el que uno se enfrenta al futuro inmediato de la forma más terrible. Ese color propio, cuando el sol aún no aparece completamente, pero la mañana ilumina, es, sin embargo, alentador.
Me arropo tras una ducha caliente e intento no sucumbir. Tras un desayuno precario comienzo a caminar sobre el asfalto resbaloso, moviendo los dedos dentro de los bolsillos para evitar el congelamiento.
La cara es mi mayor preocupación. Duele sentir el viento azotando de pronto, posándose como una cuchilla afilada que corta de atrás hacia adelante y viceversa. El sonido de la fina capa de hielo resquebrajándose con mi andar es vigorizador.
La total ausencia de autos es reconfortante. El silencio se torna más puro cuando sólo es interrumpido por algún pájaro o el excesivo viento. Es difícil poder percibirlo en una urbe tan grande como Santiago. Por eso mi fascinación.
El cielo es celeste. El frío también. De pronto un perro aparece desde una reja de alambres. Su pelaje es café claro y las puntas están congeladas. Sus movimientos me sugieren que tiene frío, que quiere calor. Lo abrazo en cuclillas, lo levanto y lo mezo mientras su lengua me demuestra reciprocidad.
Lo vuelvo a situar en el suelo. Froto mis brazos y mis manos sobre todo su cuerpo, intentando brindarle mayor temperatura. Su pequeño cuerpecito, trémulo, me hace responsable de su destino. Su pequeña cola se mueve en señal de aprobación.
Decidido a no permitir que su desvalida situación le juegue en contra, lo insto a ser mi compañero de caminata. Moviendo la cola se enreda entre mis piernas, corre, busca algún territorio para marcar, se devuelve. El vapor sale de su hocico mientras el sol comienza a aparecer lentamente.
Quisiera seguir caminando, pero me parece que el frío es insostenible. El perro pareciera obviar el contexto en el que se encontraba hasta antes de vernos unidos por el mutuo y anónimo vínculo. Comienzo a socavar los restos de adversidades para volver a casa.
En casa busco arroparlo. Con una toalla lo seco. Le doy un poco de agua y comida que conseguí con un vecino. Se ve hambriento. Sigue moviendo la cola. Y mientras lo veo masticar me comienzo a cuestionar. ¿Dónde me está llevando la simpatía por este pequeño individuo?
Más tarde, cuando el frío invernal apacigua, salimos nuevamente a por una caminata indecisa. Y lo veo andar, con el vaivén de su colita, olfateando el pasto y los autos estacionados, corriendo lejos y luego volviendo, como si yo fuera el punto de referencia, de apego.
Se va con el andar apresurado por las calles y los arbustos. Entre rejas y alambres parece querer esconderse, para luego volver indómito hacia mí. Y el ejercicio se repite. Y yo lo veo desde la lejanía y la cercanía. Lo acaricio. Es presencia reciente de mi vida y yo pareciera ser eterno en la suya.