Caminas por algún lugar y ves a una persona conocida. La analizas, buscas en su rostro los gestos que le den identidad, pero los recuerdos perecen y no hay registros, a pesar de que el corazón te dice que sí, que conoces a ese individuo.
Avanzas cambiando la mirada, volviéndola siempre a esa persona, como queriendo hacer un contacto visual envalentonado, a propósito. Te estás acercando y sólo esperas que te reconozca, a ver si el comienzo de una conversación casual te devuelve la memoria.
Y las miradas se cruzan, se enlazan como los cordones de los zapatos que los niños amarran; tan sólo dura unos segundos, pero detrás hay una verdadera conexión que se siente entre la distancia.
Claro, pareciera que los separan silencios y complicidades, pero hay una seguridad que se entiende, incluso, desde la circunstancia ajena, y que refiere a la pura coincidencia de encontrarse, de reconocerse, de obviarse con la certeza de haberse entendido, a pesar de esa omisión media forzada.
Ahí hay belleza. En el silencio. Porque se deja abierta una oportunidad cierta y que, muchas veces, dejamos pasar. Como a esa persona. Como la vida y sus sorpresas.
0 comentarios:
Publicar un comentario