La apreciaba con cautela, pero con la insistencia de quien se ve sorprendido por los modos; esos que resaltan desde la quietud como una esencia que define impresiones y, por cierto, quimeras.
Sus años, los de ambos, dirían al entorno que sus días han sido el vértigo cuyo naufragio es un hecho palpable en los vestigios del tiempo; condena de los que ya no se permiten volcar hacia el desenfreno amoroso.
Sin embargo él la seguía apreciando desde la distancia de sus vagones. Pasaban las estaciones y los anhelos se acumulaban sobre sus fantasías como la límpida danza de una melodía.
Se abre la puerta y él baja, mas no perece su iniciativa, cuyo ímpetu lo lleva a subirse nuevamente, pero en el vagón en donde ella se encuentra. Es imberbe viajero y se acomoda a su lado, como palpando su desinterés, queriendo advertirlo y combatirlo desde el silencio.
Sólo dos estaciones pasaron y ella parecía no enterarse del hombre, que de de pronto abandonó el vagón y desapareció entre el gentío, dejando atrás el romance anónimo que había significado el trayecto. El tiempo podía arrebatarle aspectos y destrezas, pero no el deseo por permitirse, de vez en cuando, volver a sentir.
Él sólo quería la sensación, esa que la vida le permite mediante audacias y simples amoríos, erigirse desde el imaginario y la nostalgia. Después de todo, muerto no estaba.
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