La espuma blanca y amarga quedó sobre el bigote. Había llegado a ese punto en el que no percibía el tiempo y su prudencia, por lo que los sorbos eran constantes, casi como un concurso de apuro.
Eso explicaba, en parte, su estado actual. Arrastraba las palabras que se tropezaban con una lengua cada vez más adormecida. Posaba su codo sobre la barra y con una sonrisa ingenua buscaba apoyo en el brazo.
Su mirada se entrelazaba con las muchas personas y el constante murmullo lo hacía creer que de pronto alguien se acercaría a entablar una conversación.
Mas eran quimeras. Su realidad era demasiado ajena a la norma promedio que se manifestaba en aquél bar. Por muy buenas intenciones que tuviera, él era al que se debía evitar, por sus movimientos errantes, por su derroche de incomodidad.
Muy cerca estuvo de ser abatido por más de algún cualquiera que tuvo la mala fortuna de verse involucrado con los confusos anhelos del borrachito.
Y así fue pasando la noche, entre las músicas y los pedidos ensoberbecidos de quienes se posaban sobre la derrotada figura beoda, que yacía presa de sus tiernos lamentos.
Habrá sido la atracción de la noche, pero el tiempo lleva al olvido, y el hombre, perenne ebrio y asiduo de las barras, es el paso desapercibido de una vida, que se sucede entre vasos, sueños y miradas.
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