Rasgada guitarra la que sonaba de pronto en el lugar. Ocasionaba, con aires tárregos*, un ambiente grato, de atardecer. Las noches eran menos esquivas desde que el viejo se decidió a perfumar con sus melodías, el callejón de la pileta.
Trin, tran, tren, trun. Sonaban hermosos cada uno de los acordes que perfilaba hacia los oyentes, tipos pasajeros que parecían escapar de una realidad un poco más favorable que la del hombre de las cuerdas.
Trin, tran, tren, trun. Se escuchaban en las calles aledañas las melodías y, la gente, se aparecía buscando el origen de la sonrisa que estaban sosteniendo de pronto y sin aviso. El viejo le daba vida a la oscuridad de aquél lugar.
Faltaban pocas semanas para el fin del año y el viejo no cesaba. La música seguía su curso natural de ecos irresolutos. Bastaban un par de monedas para lo mínimo y un par de curiosos diarios que se detuvieran a contemplar, para que la satisfacción fuera tangible en el corazón.
Los días y los años pasaban, mas el viejo se agarraba del tiempo, sin soltarse, asumiendo su papel de monumento perenne. Era acaso la pasión, aquella complicidad con la simpleza, la que lo mantenía, a pesar de sus años, soslayando mediante la música de su experiencia.
Robert Sasel
*Francisco Tárrega, compositor y guitarrista español.
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El nombre
Penumbra de la paloma
llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde
cuando la sombra no entorpece los pasos
y la venida de la noche se advierte
como una música esperada y antigua,
como un grato declive (…)
Calle desconocida, J.L.B
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