Hoy por hoy comprendemos una sociedad que se sustenta en la posibilidad de agregar valor a lo que antes pasaba desapercibido. Y en aquél ejercicio nos hemos transformado en expertos del alarde, proporcionándonos como seres pensantes un nombre y apellido frente a la nueva sociedad, aquella que se rige según las leyes morales que en el mundo virtual se dictan.
Cada uno de nosotros, en distinta medida, ha sucumbido a la perforación más profunda de un límite antes imbatible, que refiere al completo entendimiento de qué vale la pena y qué no. ¿Es posible destituir a la sociedad actual de la vorágine en la que se encuentra sumida? ¿Hay en el futuro cercano algún indicio de que toda esta sucesión de nuevas tecnologías y formas de vida se acercan a algo remotamente digno de orgullo?
El entendimiento personal hoy va por la pretensión de atributos ocasionales y volátiles, que nada aportan a la sensación de verdadero placer. Somos imberbes comunicadores a los que se les ha ofrecido la posibilidad de voz, pereciendo así el presunto anonimato del que hasta hace poco se gozaba con bastante obligatoriedad.
El beneficio de la comunicación social mediante las nuevas tecnologías ha decaído hasta el punto de hacernos pedantes con opinión universal. Hemos adquirido tal nivel de autoridad que nos ha atrofiado la perspectiva. Hemos sido la causa y la consecuencia de nuestros mayores males y hemos subsanado erróneamente cualquier dificultad a la que se le ha dado mejoría.
Voy por la más atiborrada de las calles, de Santiago o de Berlín, y la realidad que se asoma es tan alarmante que de pronto la histeria no corresponde, pero no hay algo más allá, no está la miseria, tampoco el delirio. Se ve el mundo un irresoluto océano de soluciones a problemáticas equívocas. El destino del producto creativo e imaginativo está siendo convocado por las masas de menor aporte real al universo y la preservación de las buenas y últimas posibilidades de establecernos como seres moderadamente sensibles parecen deslizarse anónimas hasta el mismo olvido de las nimiedades.
Yo ya sucumbí ante las características del nuevo mundo. Pareciera que los esfuerzos por mantenerse al margen son inútiles y es inquietante la inevitable inserción en la que nos vemos envueltos. No hay vuelta atrás y está bien, volver al pasado nunca ha sido una solución, algo explica su imposibilidad. No obstante la búsqueda de nuevas rutas es parte del nuevo desafío. Al menos la última gota de esperanza no se secará escribiendo en este MacBook Pro. O al menos, eso espero.
0 comentarios:
Publicar un comentario