No me acuerdo cuál fue el primero. Alguno de Salas o Zamorano. Quizás fue Estay, el Tobi Vega. Ante Colombia o Venezuela. No sé.
Sí recuerdo las sensaciones, los momentos. Mis primos y tíos gritando, celebrando, saltando, perdiendo por un par de segundos el semblante de seriedad que los caracterizaba. Yo me unía a la algarabía porque la felicidad que se exhibía en esa habitación era imposible de obviar. Contagiaba.
Desde aquellos tiempos que comencé a tener un sentimiento de pertenencia cuando la selección jugaba. Una sensación inexplicable que se apoderaba de mi pecho, una ansiedad extraña, un temor por no ver fracasar a esos hombres que, cuando anotaban, causaban una alegría excesiva. No entendía aún el por qué.
Esos años, sin embargo, fueron marcados por el fracaso. La costumbre de quedar al debe se consolidó en mi forma de entender el fútbol. Poco se ganaba en esa época, solíamos enfrentarnos a la derrota de último minuto con cierta frecuencia, y la mediocridad pasaba por un tema institucional. Claro, yo no entendía esas cosas.
Era la época de Acosta, del mundial del 98. De eso tengo recuerdos, pero tampoco tan vívidos. De ahí en adelante, cuando comienzan las clasificatorias (en ese tiempo eliminatorias) para el mundial del 2002, mi conciencia futbolística respecto a mi selección, respecto a Chile, se va afinando. Y ese entendimiento vino con las sensaciones anteriormente descritas, con la incapacidad de ver a un equipo medianamente competitivo.
Era, también, la época de Olmos. De Pedro García, de Lucho Fuentes, del choro Navia, de Rodrigo Pérez, a veces de Zamorano, a veces de Salas, de Rojas, de Tello, de Estay, de Maldonado, de Villaseca, de Cancino, de Martel, de Norambuena, de Acuña, de Melendez, de Pinilla, de Galaz, de Quinteros, de Riveros. Época de dos clasificatorias terribles, en las que cualquiera podía jugar, de cualquier forma, en cualquier estado.
Con el tiempo, con los buenos momentos que hemos vivido desde el 2007 en adelante, pareciera difícil recordar ese periodo. Chile se encontraba en el abismo, no teníamos por dónde encontrar una mínima cuota de éxito. Muchas veces dudé si algún día volvería a ver a Chile en un mundial. Si alguna vez Chile podría ser respetado.
Me acuerdo de esa sensación, después de perder nuevamente algún partido, cualquiera, de calmar la pena, la rabia, con la inevitable acción de dejar de creer, dejar de seguir a la selección. No voy a ilusionarme más, no volveré a ver los partidos con el fervor de siempre. ¿Para qué? ¿Para qué seguir sufriendo?
Hace un rato estaba viendo los resúmenes de las clasificatorias a Sudáfrica. El nacimiento de un equipo competitivo. Cuando Salas, en un último aliento, enmudeció el Centenario. Cuando Chupete hacía y deshacía. Cuando Alexis, Vidal y Bravo luchaban por algún día ser reconocidos. El gol de Orellana, cómo olvidarlo. El partido contra Colombia, aquella primera vez que el desenfreno se apoderó de mi producto de ciertos sucesos favorables durante 90 minutos.
Estamos acostumbrados a un éxito moderado, a tener un equipo que puede pelearle a cualquiera, que no se achica ante nadie, todas esas cosas que repetimos como sin tomarles el peso. Hoy gozamos de cierto estatus y acaso nos emborrachamos con el presente sin tener en cuenta nuestro pasado cercano. Hace diez años no éramos nada. Hace diez años el Mago Jimenez era el estandarte. La proyección del fútbol, la esperanza de una generación. No podemos olvidar.
Hace una semana que vengo sintiendo esa sensación en el pecho. La misma que sentí por primera vez en las eliminatorias para el mundial del 98. Y si bien durante los últimos años he logrado conducir el resultado de las emociones tras una derrota o victoria, aún siento esa maldita incertidumbre. ¿Seguiremos con el curso de nuestra historia o por fin el éxito será verdadero y no moral? ¿Es ahora o nunca cuando de verdad podemos ganar algo?
Mañana, cuando empiece el partido frente a Ecuador, olvidaré el presente. Imaginaré que nuestra selección es la de aquellos años magros, aquella de la que nadie esperaba nada, pero que podía sorprender. A ver si así la ansiedad puede ser bien conducida y mi selección, aquella que me ha hecho perder el control con el desenfreno y el delirio, me ofrece una nueva victoria. Para disfrutarla como lo hubiese hecho antes, cuando no ganábamos. Cuando veía a mis primos y tíos desbordarse de felicidad, sin entender el por qué de sus sonrisas.
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Penumbra de la paloma
llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde
cuando la sombra no entorpece los pasos
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como una música esperada y antigua,
como un grato declive (…)
Calle desconocida, J.L.B
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