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Mi entrada fue sin grandes
aspiraciones al encontrarme con la desolación propia del abandono. El aspecto,
sin embargo, era el de un lugar cerrado, esperando a ser habitado por las almas
errantes de aquél pequeño lugar en el que se encontraba construido. El único
sonido era el de mis pasos, expandido hacia cada recodo gélido debido al eco
incesante que mis botines producían. En un principio tenía una pequeña
esperanza de que mi silencio fuese sorprendido por la respuesta de un sonido
lejano, pero a medida que superaba las tienditas y luego las boleterías –todas
cerradas, por cierto- esa esperanza se diluía en humo y se transformaba en
preocupación. A primera vista la estación estaba completamente desolada y mi
caminar desconfiado lo confirmaría mediante una leve inspección visual de todos
los alrededores. No era tan sorprendente, a pesar de tratarse de una situación
irrisoria, pero me preocupaba que aquél lugar en el que me encontraba fuera un
proyecto inconcluso, el cual funcionaba como fachada de algo misterioso y más
grande aún que la opulencia de su tamaño. Me preocupó estar pisando el suelo de
algún tipo de organización secreta cuyos planes constituían el azote de forasteros
como yo, perdidos y atrapados por las inclemencias de aquél pueblo tan
particular.
Me senté en uno de los numerosos
banquitos ubicados perfectamente frente a una enorme pantalla electrónica que,
extrañamente, funcionaba. Digo extrañamente porque hubiese sido entendible que
la falta de vida propiciara un apagón general de los artefactos electrónicos,
mas este no era el caso. El enorme armatoste negro de letras amarillas indicaba
que el único viaje en el itinerario de aquél día era, para mi suerte, el
dirigido hacia la ciudad alemana de München. La noticia lejos de animarme me
produjo una extraña mezcla de sensaciones debido a lo poco probable que aún me
parecía, a pesar de la confirmación del cartel electrónico, que un tren llegase
a este pueblucho. Todo parecía conformar un escenario demasiado lejano al
cotidiano suceder de las cosas, pero estando tan lejos de casa, le di, con
algunas cuotas de resignación, opción a lo favorable.
Desde el andén número cinco me ubiqué
a esperar la llegada del tren con la misma incertidumbre de antes. A medida que
pasaba el tiempo y su aparición se hacía inminente, un fuerte estrés se apoderó
de mí, debiendo sentarme en uno de los pequeños banquitos y tomar agua de vez
en cuando. Me parecía una tontería que el tren llegara al andén cinco y no al
uno; estando la estación en el absoluto abandono de presencias, resultaba, a mi
parecer, lógico, incluso conveniente, que el tren llegara al primer andén,
creándose, al menos por un tema de apariencias, un cierto orden que, tras
pensarlo, me pareció innecesario. Nada en ese lugar podía regirse por la norma,
teniendo en cuenta los acontecimientos que me había tocado presenciar, por lo
que mi enojo era injustificado.
Extrañé por primera vez mi reloj. No
había forma de enterarse de la hora ya que misteriosamente el cartel
electrónico dejó de funcionar, lo que me impacientó aún más debido a la
posibilidad, ahora cierta, de que todo fuera un fraude. De todas maneras decidí
esperar, ya que no podía darme el lujo de descartar el viaje en base a
suposiciones desesperanzadas. La incertidumbre respecto al paso del tiempo era
otra de mis preocupaciones. La última vez que vi la hora fue al entrar a la
estación, cuando el cartel electrónico aún funcionaba. En ese entonces eran las
cinco y veinte y desde ahí en adelante podrían haber pasado unos diez o quince
minutos. Mi talento para percibir el tiempo, sin embargo, estaba en entredicho debido a que no tenía
referentes para confirmar mis suposiciones. Y ante la absoluta carencia de
sucesos, el tiempo parecía haber adquirido una concepción distinta, como si su
paso dependiera de las variables que el entorno genera en mí; esto me sumía en
una terrible situación, ya que al no tener mayores referencias de la existencia
de lo que me rodeaba me sentía vacuo, como si el tiempo ya no existiese y todo
fuese el parálisis de un instante de la historia al cual yo fui arrojado desde
el abismo como castigo por algún pecado imposible de corregir.
De todas formas no podía faltar mucho
para las seis de la tarde, hora de llegada del tren. Impaciente me avoqué a la
búsqueda de cigarros, los cuales me había prometido evitar a toda costa debido
a una tos desgarradora que con el paso de los días se fue haciendo más
frecuente. La quietud del tiempo, sin embargo, ocasionaba en mí profundos
desasosiegos en los que me hundía y asfixiaba, como si el aire fuese escaso y
cada bocanada debiese ser dada con mesura y orden. Ese aire del que estaba
falto lo encontraba en el tabaco y no me importaron mis bronquios azotados, ni mi
garganta adolorida; necesitaba de manera imperiosa desprenderme del
nerviosismo, pero la única máquina expendedora de cigarros estaba en mal
estado, lo que terminó por acongojarme por completo.
Al contrario de las máquinas
expendedoras de alimentos, esta en particular carecía del vidrio transparente
que permite ver los productos, en este caso varias marcas distintas de
cigarros. En su lugar estaban dibujadas cada una de las cajetillas disponibles,
con sus nombres y tipografías particulares. Los dibujos carecían del
revestimiento típico que busca darle un aspecto más concreto, como intentando
emular la realidad; eran más bien dibujos artesanales, pero que fueron hechos
con técnica exquisita, dándole a la máquina expendedora un aspecto pintoresco u
original. Parecía ser que, a pesar de estos dibujos, la superficie que los
sostenía y que me distanciaba de poder hacerme de los cigarros, era el mismo
vidrio de las otras máquinas a las que me refería. Esto significaba un claro
acierto, ya que me daba la posibilidad de poder enfrentarme a la decisión de
obtener mis cigarros a como de lugar.
El riesgo de ser descubierto mientras
fustigaba el vidrio tan bien decorado me detuvo durante varios minutos,
situándome frente a la máquina expendedora con la misma quietud con la que
vagamente percibía el tiempo. Sabía que verme sorprendido por algún individuo,
sea cual sea su posición respecto a mi actuar, era poco probable, pero aún así
sentía un leve temor a ser reprendido por la inexistencia y su posibilidad de
existir. Así y todo me decidí a romper el vidrio con una de las rocas que saqué
de entre medio de los rieles. Nunca antes había estado tan cerca de salirme de
la norma, lo que me detuvo un instante antes de realizar el lanzamiento porque
aún me parecía una acción osada. Me mantuve impávido con el proyectil en la
mano y cuando parecía que el miedo estaba por ganarme, lancé un certero
piedrazo que quebró por completo el vidrio y su arte. El estruendo retumbó y se
reprodujo por cada recoveco de aquél lugar, expandiéndose en niveles
insospechados. Temí llamar la atención de algún lugareño, por lo que tardé en
abalanzarme sobre las cajetillas. Cuando me sentí seguro de que nadie se había
dado por enterado, recogí la mayor cantidad de paquetes, guardándolos en todos
los bolsillos de mi ropa.
Eran varias las marcas de cigarros
que guardé en mis bolsillos. El motín estaba compuesto por unas quince o quizás
veinte cajetillas. No me fue fácil encender el primer cigarro ya que mi
encendedor estaba ad portas de ser un objeto inservible. El hecho me preocupó,
por lo que elegí guardarlo y prender los siguientes con la colilla del que
estaba fumando. Así fumé tres cigarros al hilo, sin darle respiro a mis
bronquios y garganta. Me invadió una serenidad absoluta y creo haber esbozado
una sonrisa efímera. La llegada del tren era mi única preocupación y su espera
se fue haciendo menos tediosa. El cielo estaba completamente oscuro y las nubes
anunciaban la inminente lluvia. Hace días que vienen vaticinando un gran temporal,
me recordé. Es una de las razones que me dio la señora de la pensión para irme
rápido, antes de que el agua sea enemiga y me haga presa de su poder.
Ansiaba un café, el que tenía en
mente desde mi entrada a la estación. El frío ya era una realidad y comencé a
sentirme desprotegido, como si la tormenta y la ausencia del tren me encausaran
hacia el olvido, sintiéndome de pronto un desvalido carente de respuestas,
excedido de conjeturas inconclusas. Me abrumaba verme atado al pueblo sin tener
la certeza de que podría alejarme de él. Quise encender otro cigarro, pero el
encendedor dejó definitivamente de funcionar y nuevamente perecí hacia las
sombras de la desesperanza. Me decidí a mantener fija la mirada en los rieles y
en los interminables andenes, avivando la ilusión, construyendo, o más bien
proyectando desde mis anhelos un tren que se aparecía fantasmagóricamente en
ese horizonte difuso, para luego hacerse real, con sus sonidos casi
imperceptibles y el despliegue de sus tecnologías y velocidades.
Las primeras gotas de lluvia
comenzaron a caer. A pesar de que estaba cubierto por un pequeño techo sabía
que la tormenta vulneraría cualquier intento por cuidarme de ella. Sentí que el
tren llegaría pronto y no me animé a esconderme en algún lugar más alejado.
Creí no poder moverme, como si la parálisis de la entrega hacia lo desconocido
se hubiese hecho parte de mi cuerpo, siendo yo un mero objeto de aquél tiempo
inactivo. Lamenté mi situación y adquirí una postura extraña que con la llegada
de la lluvia más intensa se transformó en una posición fetal. Un sueño inmenso
se agolpó junto a mí y creí caer dormido, cuando de pronto sentí una leve
vibración.
El leve movimiento en forma de
pálpito se percibía como el fugaz paso del anhelo, pero me negaba, con ánimo
plañidero, a aceptar la posibilidad de que la vibración fuese el heraldo de un
tren en camino. Permanecí quieto, soportando el agua que me acercaba con mayor
insistencia, ignorando el frío viento, cuyos azotes repentinos me hacían perder
el equilibrio, el cual recobraba cuando su ímpetu decaía. La vibración ahora
era un pequeño temblor acompañado por un sonido sórdido, falto de
identificación. Mi ánimo seguía por el suelo, temía que mi mente disminuida me
jugara una mala pasada y todo el asunto fuese una obra inquietante de mi
imaginación y deseo. De pronto un estruendo sofocante estalló desde el cielo
como un enorme quejido que se sintió como el galope del peor de los augurios.
La lluvia caía como si el cielo fuese agua y lo hubiesen desamarrado de su
soporte, con violencia. El viento era ensordecedor, lo que me asustó y obligó a
levantarme.
Me costaba mantener el equilibrio y
si bien lo primero que hice fue ver aquél horizonte infinito a través de los
andenes, me era imposible distinguir, entre la lluvia y el vuelo de hojas y
suciedad brusca, la existencia del tren. A los ojos me llegaba agua y tierra,
lo que me descolocó, dejándome totalmente afectado, como si el agua no fuese
suficiente, al igual que la terrible ansiedad que estaba sintiendo por la
incertidumbre del presente. Comencé a caminar contra el viento, con la cabeza
inclinada en diagonal hacia abajo, manteniendo la vista en el suelo y evitando
la mugre que de seguro ya me había ensuciado por completo. La tempestad tenía
la fuerza del apocalipsis y me invitaba a desistir de cualquier intento de
permanencia, como si nada más pudiera hacerse para combatir su inquietante
agresividad.
Un enorme empujón acompañado por un
nuevo trueno me botó al suelo, cayendo varias de mis cajetillas a las líneas
del tren. Estaba de espaldas y me era muy difícil reincorporarme, por lo que
debí gatear hacia el banquito en el que estaba sentado antes para apoyarme en
él y lograr restablecer el equilibrio. A esas alturas mi aspecto era deprimente
y el pánico se apoderaba de mí. Creí estar soñando, como si el repentino azote
de la naturaleza fuese un temor encerrado en el cajón de los traumas y que se
envalentonaba conmigo intentando enseñarme algo.
Dudé en mantenerme a la espera del
tren. Había perdido la concepción del tiempo y del espacio, pues la cantidad de
material moviéndose me condicionaba a una miopía dolorosa y llena de espanto. Estaba
también por perder la motivación y la esperanza, cuando el súbito aparecer del
tren me paralizó por su fuerza y, por cierto, por su sorpresa. El chirrido del
frenar era el agregado que faltaba para dejarme en el absoluto desconcierto,
dudando de la veracidad de lo que estaba viendo. No me permitía los mínimos
atisbos de alegría; quería confirmar su existencia, palparlo y sentir que este
infierno acuoso llegaba a su fin.
Cuando el tren estaba detenido me
dirigí con las mismas dificultades a la primera puerta que vi, sin importar el
vagón al que yo realmente pertenecía (no había indicación alguna en el pasaje
respecto al vagón y menos al asiento). Y como si el absoluto fuese aquél
moderno medio de transporte que me sorprendió inmediatamente al constatar su
existencia y modernidad, entré al tren, dejando atrás la tormenta que parecía
apoderarse del pueblo y sus miserables habitantes.