sábado, 6 de junio de 2015

Sazón de adiós

WagVal F.C
El reconocimiento era por su labor como encargado de las finanzas de la empresa durante más de veinticinco años. Su retirada venía con emociones de todo tipo, acaso la más frecuente, el dolor de dejar el lugar que le cambió la vida.

Un pastel, champagne, discursos, música emotiva. Todos, aspectos que parecieran ser los ingredientes de la receta para lograr el morbo que todos quieren ver, como para decir, misión cumplida: el llanto. Sin embargo él no lloraba. No lo hacía, precisamente, desde hace veinticinco años.

En su discurso se le vio parco. Agradeció con lindas palabras. Había preparado un pequeño discurso durante la noche anterior, el cual leyó sin mirar a quiénes escuchaban. Nunca sintió ganas de quebrarse, no pretendió sazonar la ocasión con un par de lágrimas y lamentos interrumpidos por el sollozo.

Los aplausos eran largos y tendidos, no faltaron los llantos disimulados, de hombres y mujeres, que veían cómo se iba el más longevo de los jefes. Aquél que no buscaba establecer la autoridad bajo la generación del miedo, la superioridad.

Tras despedirse de cada uno de los presentes, estrechar manos a todos, expresar palabras de agradecimiento desde la secretaria hasta el presidente, el hombre tomó su maletín, aquél que lo acompañó durante todos esos años de carrera y subió al ascensor en completa soledad. Dentro, suspiró profundamente, como quién acaba de desempeñarse en la más difícil de las tareas. No era secreto para quiénes bien lo conocían que la figuración pública, el mínimo atisbo de atención, era de su completo desagrado.

Llegó a la entrada del edificio, que estaba vacía. Era el contraste del ambiente en el que había estado veinte pisos arriba. Esperó apoyado sobre el mesón de mármol y con su dedo índice intentaba limar sin éxito la uña del pulgar de la misma mano.

Cuando apareció el conserje, con el uniforme doblado y sostenido por el antebrazo, los hombres, de casi la misma edad, se fundieron en un largo y franco abrazo. De su maletín, el hombre sacó un pequeño medallón, el cual entregó al conserje con mucha alegría. Era un reconocimiento a sus años de trabajo en el edificio.

-¿Cómo estuvo la despedida?-preguntó el conserje.

-Bonita. Excesiva.

-¡Veinticinco años y todavía le siguen celebrando los cumpleaños como si fuera el último y lo despiden como si mañana dejara de existir!-exclamó riendo el conserje.

Ambos rieron. El hombre obvió las preguntas respecto a la despedida del conserje, no era prudente establecer un paralelo insensato cuando los hechos y el presente dejaban en claro la situación.

Juntos salieron del edificio, por última vez, tras años de servicio en sus respectivos puestos de trabajo. El hombre emprendería un viaje hacia Pitlochry, pequeño pueblo escocés. El conserje, por su lado, postularía a un trabajo de medio día en el sur de Chile. Acaso se volverían a encontrar en algún recuerdo. Pero más allá de eso, era el destino el que se encargaría del resto.

About the Author

WagVal F.C / Author & Editor

Has laoreet percipitur ad. Vide interesset in mei, no his legimus verterem. Et nostrum imperdiet appellantur usu, mnesarchum referrentur id vim.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Con la tecnología de Blogger.

El nombre

Penumbra de la paloma
llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde
cuando la sombra no entorpece los pasos
y la venida de la noche se advierte
como una música esperada y antigua,
como un grato declive (…)

Calle desconocida, J.L.B