sábado, 5 de diciembre de 2015

Cuento tonto #33

WagVal F.C

Muchos temen ser parte del olvido, pero más debería temerse el no poder recordar a quién se ha olvidado. 

jueves, 3 de diciembre de 2015

Cuento tonto #32

WagVal F.C
Su relación duraba los primeros 20 días de cada mes. Se conocieron en Tinder. Se gustaron en Facebook. Se hablaban por WhatsApp. Hasta que se acababan los megas, y entraban en ese limbo cibernético e intermitente, que solo superaban el primer día del mes siguiente.

Cuento tonto #31

WagVal F.C

En el apacible andar solitario del que se pasea por la ciudad sin mayores pretensiones, hay grandes cuotas de felicidad, ya que el que logra ser feliz solo, es feliz con la vida, lo único que de verdad nos pertenece. 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Cuento tonto #30

WagVal F.C

He visto la felicidad manifestarse en distintos niveles. La niña que recibe el Mercedes de cumpleaños, y el hombre del semáforo que recibe los cien pesos de la niña que va en su Mercedes cero kilómetro. 

Cuento tonto #29

WagVal F.C
El amor le había hecho el quite durante mucho tiempo, hasta que él dejó de moverse, y se encontraron de golpe.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Cuento tonto #28

WagVal F.C
Lavó la loza con la misma determinación de siempre. Escudriñó cada espacio del último plato, esperando no olvidar retazos de comida. La recordó, con la misma paciencia que entregaba al refriegue, esperando limpiar de su memoria aquellas manchas que no permitían recordarla con la claridad que quería.

martes, 24 de noviembre de 2015

Cuento tonto #27

WagVal F.C
No todos los días se logran alinear los planetas. Ese día, sin embargo, parecieron al menos ponerse de acuerdo para que nosotros nos encontráramos, de súbito, en ese lugar que tantas otras veces frecuentamos, cuando el universo aún no se enteraba de lo nuestro.

Cuento tonto #26

WagVal F.C
No le molesta la vida ni menos su realidad, pero a veces, cuando las cosas se ponen demasiado feas, prefiere sacarse los anteojos y dejarse llevar por lo desdibujado de la ceguera momentánea.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Cuento tonto #25

WagVal F.C
Jugaron al misterio durante mucho tiempo. La costumbre los hizo imberbes amantes que se agotaron en la búsqueda de la solución. Cuando ya era demasiado tarde, descubrieron en sus rostros que el juego ya no era juego; era culpa, por no haber tomado en cuenta la posibilidad de perderse en el camino.

Cuento tonto #24

WagVal F.C
La espuma blanca y amarga quedó sobre el bigote. Había llegado a ese punto en el que no percibía el tiempo y su prudencia, por lo que los sorbos eran constantes, casi como un concurso de apuro.
Eso explicaba, en parte, su estado actual. Arrastraba las palabras que se tropezaban con una lengua cada vez más adormecida. Posaba su codo sobre la barra y con una sonrisa ingenua buscaba apoyo en el brazo.
Su mirada se entrelazaba con las muchas personas y el constante murmullo lo hacía creer que de pronto alguien se acercaría a entablar una conversación.
Mas eran quimeras. Su realidad era demasiado ajena a la norma promedio que se manifestaba en aquél bar. Por muy buenas intenciones que tuviera, él era al que se debía evitar, por sus movimientos errantes, por su derroche de incomodidad.
Muy cerca estuvo de ser abatido por más de algún cualquiera que tuvo la mala fortuna de verse involucrado con los confusos anhelos del borrachito.
Y así fue pasando la noche, entre las músicas y los pedidos ensoberbecidos de quienes se posaban sobre la derrotada figura beoda, que yacía presa de sus tiernos lamentos.
Habrá sido la atracción de la noche, pero el tiempo lleva al olvido, y el hombre, perenne ebrio y asiduo de las barras, es el paso desapercibido de una vida, que se sucede entre vasos, sueños y miradas.

Cuento tonto #23

WagVal F.C
En días como el de hoy, en el que el sol abunda, así también el cielo, deben ponerse en perspectiva todas las dudas que uno puede tener.
Es que parece que la alegría se esconde tras las nubes; cuando éstas se desvanecen, cae como un manto sobre la ciudad una sensación que apacigua a los más aletargados.
Y aquí se haya uno, sentado sobre la incómoda silla de algún local cualquiera, asumiendo el rol del alegre que logra obviar el tedio de la espera y sus vicisitudes.
¡Alegría, alegría!

Cuento tonto #22

WagVal F.C
Entonces entendió que el agua era la calma que había estado buscando por tanto tiempo. Desde su quietud se mantuvo mirándola durante largos ratos. Sintió como la pesadumbre se desvanecía mientras el leve movimiento se dejaba percibir desde la lejanía.
El cielo comenzó a cubrirse y lo que era en un principio una tímida llovizna, terminó por convertirse en una lluvia furiosa y breve. Cada gota retumbaba en el lago, cuyas aguas se mezclaban en la eternidad de sus capacidades. Sentía una fuerza inefable que confabulaba a favor de la felicidad.
El viento botaba hojas y ramas desde los árboles; las aguas eran ahora la vorágine propia de una liberación, acaso la respuesta a una búsqueda oculta que en su manifestación furibunda sosegaba los lamentos que lo habían llevado, en medio de la incertidumbre, a ese preciso momento.
Aprendió a perpetuar la magnitud de ese instante. Cada vez que las incógnitas lo abordaban y parecían superarlo, volvía a aquél lugar, desde el grisáceo presente citadino, y se encontraba con el agua, con el lago, con la calma.

Cuento tonto #21

WagVal F.C
Sobre la interminable avenida caen las hojas secas de un otoño anaranjado.
El pasar de los autos provoca una breve danza indómita que cesa con la soledad.
Crujen los pasos cansados; la inquieta melodía que pasa desapercibida.
Y se escribe entre las aceras un cuento que se va contando solo, a merced del tiempo y sus disposiciones.

Cuento tonto #20

WagVal F.C
/Sobre el vaivén incierto del amor temporal
La noche dejó de ser amarga con la llegada de la luna.
Se tomaron de la mano y escucharon un disco de The Wings.
Bebieron de la misma copa, acompañados por un cigarro.
Trataron de recordar el lugar en donde se supieron vivos.
Observaron la delicadeza con la que el sol comenzaba a aparecer.
Hicieron de la mañana, un espacio para soñar a destajo.
Esperaron la penumbra de la paloma, así a la luna y sus acompañantes.
La dulce y mutua compañía los mantuvo sin enterarse
de como las horas se desvanecían
entre sus pausas
y sus
discusiones
antojadizas.

Cuento tonto #19

WagVal F.C
La última vez que se vieron, ambos tenían la sensación de que no volverían a hacerlo en mucho tiempo. Ninguno de los dos lo dijo, sin embargo.
Se reunieron en uno de los parques predilectos. En el lugar en donde tantas otras veces habían conversado sobre la posibilidad de viajar.
Esta vez, esta última vez, procuraron obviar la certeza de la distancia que los separaría indeterminadamente. Se rieron harto. Ignoraron lo venidero.
Cuando la sombra dejó de entorpecer los pasos, una extraña sensación se apoderó de sus pensamientos. Sentían que, a pesar de la prolongación de sus ausencias, era el inevitable destino.
Así que, cada uno por su lado, se despidieron, sin tener la certeza de un nuevo encuentro. Era el comienzo de otra etapa, en la que los caminos se separan. Momento que alguna vez imaginaron, hace muchos años, en ese parque, cuando los anhelos seguían siendo anhelos.

Cuento tonto #18

WagVal F.C
La otra vez estaba caminando por un parque muy acogedor. Tenía hartos árboles. Uno agradece árboles en medio de la ciudad. A veces se nos olvida que la naturaleza es lo común; el cemento es un invitado arrollador.
Senté, como siempre me ha gustado, en una de esas bancas llenas de garabatos y mensajes de amor. Y esperé a que los colores cambiaran, que el día mostrase sus caras más diversas.
Ahí me pasé la tarde entera, viendo pasar a las personas, acusando un hambre que saciaba con tabaco, o con alguna anotación imprecisa en mi libreta.
Llegué a casa y más de alguno me preguntó por el relajo evidente con el que venía dando como pequeños saltos. No me entendieron, pero a mí los parques y, en su versión más íntima, las plazas, me hacen creer que aún hay calma en medio de la vorágine santiaguina.

Cuento tonto #17

WagVal F.C
¿Te ha pasado que ves a una persona, reconoces su cara, pero simplemente no puedes recordarla? Bueno, eso me pasó el otro día-dijo.
En la calle Londres. No suelo estar en la calle Londres. Pero ese día en particular, tenía ganas de ir a la calle Londres. Es que hay algo bastante llamativo, una atmósfera calma, a pesar de su cercanía con el ajetreo del centro.
Paré a amarrarme los zapatos y cuando levanté la vista estaba esta persona, que de seguro me reconoció. Puedo estar inventando, chucha, estoy inventando, pero son de esas cosas que uno siente desde adentro, más que con el corazón, con la guata.
Así que me preocupé de mirarla a los ojos. Y bien sabes lo que me cuesta, lo difícil que es para mí mirar a una persona a los ojos por un tiempo prolongado. Sobre todo si no la conozco. Pensará que soy un pervertido, pensé.
Curiosamente la persona me miró, se detuvo y me quedó mirando. Yo estaba con los cordones aún en las manos y la miraba impávido, como si fuese una aparición demasiado encantadora.
Sí, obvio que me dio vergüenza, al principio. Pero no sé, habrán pasado diez, quince, veinte segundos en los que de una vereda a otra -la distancia es mínima porque esos callejones son bastante estrechos- nos miramos, como dejándonos llevar.
Puede que hayamos estado jugando a quién cedía primero. Era un desafío silencioso, íntimo, poco corriente. Así que mientras duró nuestra lucha de miradas, dejé de pensar, dejé la vergüenza. Sólo intentaba recordarla.
Pasó un grupo de personas y, como en las películas, la conexión entre nosotros se quebró. Comenzó a alejarse lentamente, con el caminar de quién aparece y desaparece.
No, no pude recordarla, no tengo idea si en realidad la conozco o tal vez es todo una elucubración. La cosa es que por un momento nos pertenecimos. Vaya a saber uno lo que esa persona habrá pensado. ¡Imagina lo que le habrá dicho a sus amigos!
En fin. Dime loco, pero para mí, este tipo de situaciones son únicas en la vida, porque son de esas cosas que uno lee en una novela o ve en una película.
Es posible que quizás nunca nos conocimos, que quizás los dos estábamos teniendo el mismo dilema: reconocernos si siquiera habernos visto. Y eso es lo lindo, compartir un momento a pesar de nuestras distancias. A pesar de no sabernos.

Cuento tonto #16

WagVal F.C
De cómo reír (y no fallar en el intento)
Lo primero es la confianza. La confianza es muy importante. Te predestina y te predispone.
Arrugas el papel, cartón si quieres. Si no, no. El material, un par de vueltas, lames ahí y allá, voilá.
Música y entregarte. Es muy importante. Entre garse. Conversa, tonteras, seriedades, conversa. Sobre todo tonteras.
Imagina, que vas, por ahí, leeeeeeejos. Y te encuentras, con gente. Te hablan, les hablas, se ríen, de la historia, que normalmente, parece fome.
No te atrapes, mejor anda y dale color. Sí, dale, dale color, que hay que pasarlo bien. Cerveza, helada, sorbos largos y certeros.
Si te duele la guata, es un buen indicador. Si te miras al espejo, y te ríes de tus ojos saltones, nariz de papa y orejas elefantescas, de esos matices cambiantes, de los colores brillantes, dale. Es un buen indicador.
No sé. Pero hay muchas, muchas formas. Yo me acuerdo de esa ahora, porque, bueno, es bastante divertida.
Já.

Cuento tonto #15

WagVal F.C
Caminas por algún lugar y ves a una persona conocida. La analizas, buscas en su rostro los gestos que le den identidad, pero los recuerdos perecen y no hay registros, a pesar de que el corazón te dice que sí, que conoces a ese individuo.
Avanzas cambiando la mirada, volviéndola siempre a esa persona, como queriendo hacer un contacto visual envalentonado, a propósito. Te estás acercando y sólo esperas que te reconozca, a ver si el comienzo de una conversación casual te devuelve la memoria.
Y las miradas se cruzan, se enlazan como los cordones de los zapatos que los niños amarran; tan sólo dura unos segundos, pero detrás hay una verdadera conexión que se siente entre la distancia.
Claro, pareciera que los separan silencios y complicidades, pero hay una seguridad que se entiende, incluso, desde la circunstancia ajena, y que refiere a la pura coincidencia de encontrarse, de reconocerse, de obviarse con la certeza de haberse entendido, a pesar de esa omisión media forzada.
Ahí hay belleza. En el silencio. Porque se deja abierta una oportunidad cierta y que, muchas veces, dejamos pasar. Como a esa persona. Como la vida y sus sorpresas.

Cuento tonto #14

WagVal F.C
Se acerca un zorrón a otro.
-Buena perro. ¿Vay a FLUOR MAGNET PLUS VIP?
-Obvio po, zorro. ¿Nos tiramos unas pastis?
-Está diciendo, ¿no?.
Chocan los puños.
En la fiesta.
-Perro, estoy todo tripeado.
-Yo también.
-¿Selfie?
-Selfie.
-¿Cómo salió?
-Mira.
-Fino. Súbela po.
Al otro día.
P agregó una nueva foto.
Por Whatsapp.
-Perro, no me etiquetaste.
-Sorry, lo hago altoque.
A medida que se acumulan los likes.
-La hicimos con la foto.
-Si po, zorrito. Así se hace.
-Pero no quedó claro lo de las pastis.
-No cachai na. Lo mejor está en la intriga.
-Ya pero igual hay que poner algo.
-¿Como qué?
Escribe un comentario...
Lo bueno es que estábamos "lucidos".
Aumentan los likes.
El ego sube.
Sube la popularidad.
Y es así como se construye una imagen. Lo demás es una lata.

Cuento tonto #13

WagVal F.C
Años anteriores, se abalanzó sobre las botellas y el desenfreno, haciendo de estas fechas el momento preciso para desvergonzarse con nula decencia.
Excusas para el delirio hay muchas, pero parecía no necesitarlas. Cuando el contexto te abraza, debes abrazarlo de vuelta. No hay que ser maleducado.
Acaso son las circunstancias, pero hoy se desvive por otros menesteres. Hoy abre la ventana y ve al Santiago más grisáceo. Ese que lo invita a volarse con la más mínima decencia; como antes.

Cuento tonto #12 (Lo repentino)

WagVal F.C
La noche se ve densa. La neblina corrobora todas mis suposiciones respecto al suceder de las estrellas, las oscuridades y las sombras nocturnas. No me parece un buen momento para salir a caminar. Sin embargo, lo hago.
En la calle me encuentro conmigo. Me veo demacrado, algo distraído. Traigo una barba de varias semanas, el aspecto huraño de quién no se ha visto al espejo en un buen tiempo. Camino perdido. Fumo una cola que encontré segundos antes en uno de los bolsillos de mi chaqueta.
El lejano sonido de los autos se hace más notorio, acaso por ser lo único que interrumpe al silencio, junto con mis pasos desconcertados. Los faroles por los cuales paso, poco a poco se van apagando, como si una sinfonía visual y predeterminada se estuviera desencadenando a medida que yo me abalanzo sobre los adoquines.
Quiero entrar a uno de esos bares, pero no cuento con que el efecto de la cola se hace presente de forma rauda y potente. Debo lidiar con mi cabeza, la cual de pronto se torna un torbellino indómito. Los ojos se me secan.
Respecto a mi aspecto ya no estoy tan preocupado. Pareciera ser que hace años que dejó de importar, como si de pronto nada de lo que estoy viviendo en este momento corresponde a una realidad demasiado valorable.
Me siento en uno de esos bancos que tanto me gustan. Está frío, al igual que la noche, pero me las arreglo para quedar en una posición más o menos confortable. Sé que desde ahora deberé recorrer un largo trecho para recuperar la confianza del lúcido. Así no puedo entrar.
Pasan de pronto varios grupos de personas que en su totalidad me parecen una masa demasiado grande de personas; que ríen, que bromean, que hablan estupideces alentadas por el alcohol. Deseo que me ignoren. Tampoco tendrían por qué notarme, o reparar en mí.
Es así como me voy sumiendo en un viaje extraño. Miro hacia mi lado y me encuentro con mi mirada. Hay temor, pero ese que se camufla con ciertos movimientos o actitudes. Debo decir que lo he perfeccionado hasta el punto de hacerme dudar a mí mismo.
No se pasa. No se pasa y debo seguir pensando estrategias para abordar mi próximo desafío. Es que entrar a un bar lleno de gente parece demasiado extremo para un reciente y repentino volado. Es el problema de esas colas: su emocionante aparición ciega y hace olvidar las posibles consecuencias que pueden tener en el porvenir más cercano.
Pequeños espasmos me hacen dudar de mi siguiente movimiento, pero en un ataque de coraje me levanto y me voy hacia la puerta del bar. No sé si es el correcto, tampoco sé qué es lo que haré al traspasar la puerta, pero me parece prudente seguir el ímpetu que me tiene meditando posibles acciones.
Me levanto, pero el impulso es demasiado grande y hondo, por lo que irreparablemente me las emprendo hacia el cielo, acompañado por la sensación de vértigo del que se está elevando. Me vuelo, me vuelo tanto que ahora los bares son pequeñas lucecitas que se distinguen desde lo lejos.
Se supone que no iba a salir, que esta noche sería una cerveza temprana y a dormir. Pero parece demasiado lejano, como si hace décadas hubiese planeado algo que terminó por cambiar su rumbo en una dirección totalmente distinta.
Me dejo ir, pues ya no parece muy sensato luchar contra el vuelo en el que me encuentro. Me dejo llevar, hasta que desde la altura comienzo a sentir el hedor amigo, pero ahora tan difícil de identificar. Un olor seco, demasiado fuerte.
Caigo. Caigo desde lo más alto y cuando estoy a punto de destrozarme contra el suelo, me encuentro en el principio, con la cola en los dedos, quemándome, haciéndome entender que no es muy recomendable seguir con mi camino. Doy media vuelta. Creo que es necesario descansar.

Cuento tonto #11

WagVal F.C
Hay en el pasar desapercibido una magnífica oportunidad para aquellos que no procuran desvivirse por el elogio constante e injustificado.
Esta maravillosa oportunidad refiere al anonimato más noble; aquél que se manifiesta a las espaldas de los vanagloriados. En las sombras del sediento.
Yo por ejemplo, intento con grandes cuotas de éxito, hacerme el desentendido y mirar hacia un lado cuando se me acerca alguna felicitación que, sobre todo, no merezco.
Por eso mismo soy amigo del anonimato. Porque hay quién nace para las luces y quién, como yo, nació para pasar piola.

Cuento tonto #10

WagVal F.C
Habrán sido sus toques pincelados, o tal vez el semblante que exhibía; seriedad irrenunciable, como el más enfocado de los sujetos. Cualquiera de sus características me hacían perecer ante sus genialidades.
¿Quién dijo que el talento es de una sola pierna? Pronunciarse como un capaz de las perspectivas se compara sólo con la genialidad de quién es consciente de sus defectos.
Entonces pareciera ser imposible no rendirse ante la inmensa vacilación que te hacía protagonizar con la música de sus movimientos. No hace falta el sobrenombre ni el brillo excesivo. Los verdaderos se demuestran en la constancia del vértigo.
Y por alguna razón tuve la oportunidad de presenciarlo en tantas ocasiones. Siempre sumido en la grandeza. Siempre asumiendo el papel del desquite impensado, con el que de pronto se demostró en su naturaleza más pura.
Desde aquél día en el que la volea entró al ángulo, lo considero el mayor privilegio que nos ha dado el deporte. El más maravilloso fulgor, de un tal conocido como Zizou.

Cuento tonto #9

WagVal F.C
Yo no creía en el absoluto.
Me parecía una definición demasiado grandiosa.
No creo en dios. En ninguna de sus perspectivas.
No soy partidario de partidos políticos.
Me cago en la imitación como forma de pertenencia.
Suelo no pertenecer a grandes grupos sociales.
Y cuando lo hago, parezco perderme.
¿Del amor? Nada está dicho.
En la lectura hay posibilidad.
Y en la escritura espejos y espejismos.
Sin embargo, cuando parecía perder la esperanza, me di cuenta
que el absoluto había estado frente a mis oídos
durante tanto tiempo;
un absoluto llamado The Beatles.
Well, shake it up, baby.

Cuento tonto #8

WagVal F.C
La apreciaba con cautela, pero con la insistencia de quien se ve sorprendido por los modos; esos que resaltan desde la quietud como una esencia que define impresiones y, por cierto, quimeras.
Sus años, los de ambos, dirían al entorno que sus días han sido el vértigo cuyo naufragio es un hecho palpable en los vestigios del tiempo; condena de los que ya no se permiten volcar hacia el desenfreno amoroso.
Sin embargo él la seguía apreciando desde la distancia de sus vagones. Pasaban las estaciones y los anhelos se acumulaban sobre sus fantasías como la límpida danza de una melodía.
Se abre la puerta y él baja, mas no perece su iniciativa, cuyo ímpetu lo lleva a subirse nuevamente, pero en el vagón en donde ella se encuentra. Es imberbe viajero y se acomoda a su lado, como palpando su desinterés, queriendo advertirlo y combatirlo desde el silencio.
Sólo dos estaciones pasaron y ella parecía no enterarse del hombre, que de de pronto abandonó el vagón y desapareció entre el gentío, dejando atrás el romance anónimo que había significado el trayecto. El tiempo podía arrebatarle aspectos y destrezas, pero no el deseo por permitirse, de vez en cuando, volver a sentir.
Él sólo quería la sensación, esa que la vida le permite mediante audacias y simples amoríos, erigirse desde el imaginario y la nostalgia. Después de todo, muerto no estaba.

Cuento tonto #7

WagVal F.C
Nos encontrábamos en la agonía de nuestras distancias. Carecían de valor los temores que segregan a los desconocidos y se rectificaba la impetuosa pasión de quienes sienten una atracción innegable.
Podía ser delirio o tal vez la fantasía urbana que se figura en el aire mediante las miradas que se cruzan, se evitan, se acordonan. Había evidencia, desde luego, de que el sabor resultante de nuestra vacilación por acercarnos era el correcto caminar hacia el perecimiento de las vergüenzas.
Entonces cuando de pronto las puertas del vagón se abrieron y nos enfrentamos, sabiendo que el tiempo es el único impedimento de nuestra quimera, se deja caer como un manto enorme, la melodía que espero que se escuche en el andén y la estación entera.
Maybe I'm amazed, decía la canción, y es así como nos dejamos llevar por ella.

Cuento tonto #6

WagVal F.C
No entender el significado de la privacidad tiene su origen en la carencia absoluta de atención en alguna etapa de la vida. Eso, según estudios de importantes entidades científicas, explicaría el anhelo absoluto de un número importante de la población por hacer públicos los pasos que van dando durante cada día.
Una de las más grandes conclusiones que pueden obtenerse al respecto es que tales manifestaciones pueden ser identificadas, entre otras, en modo de vociferación del mínimo éxito, exacerbación de la mediocridad, proyección del aburrimiento.
Es por eso que, considerando lo anterior, quiénes formen parte de la siguiente letanía, deberán acudir al más cercano profesional:
-Abusadores de redes sociales.
-Presuntos expertos en materias diversas.
-Adquiridores de la llamada personalidad cibernética.
-Todo aquél que guste de la expresión más íntima a través de un teclado, obviando el contacto humano.
-Y, por supuesto, aquellos pobres hombres que escriben cuentos tontos con el triste afán de refrescar el contenido digital, tan nimio por estos días.
A todos ustedes, que los "Me gusta" los acompañe.

Cuento tonto #5

WagVal F.C
*When you're strange, no one remembers your name*
Las calles parecían ser suyas, como si desde su mente hubiesen sido pensadas y llevadas a la realidad, en el vano intento de quién busca adaptarse a los pareceres ajenos.
Sin embargo nada de aquella realidad era fruto de sus cavilaciones. En la esquina había una farmacia de reciente apertura; sobre el asfalto caliente humeaba aún la colilla anaranjada de un cigarro.
Su caminar carecía de seguridad y, por cierto, de desplante. Su mirada parecía ser la de quién ha olvidado su identidad, como pululando entre la alevosía del anonimato y el reconocimiento.
De pronto las calles se atiborran de gentes que caminan en la dirección contraria. Es él el único que parece corromper los anhelos de la norma, aquella que hace de las miradas ajenas un juicio teledirigido.
Los rostros se abalanzan sobre sus similares, mientras el hombre queda solo en su penumbra, acompañado por la certeza de que su caminar no será recordado, como su presencia y, por supuesto, como su nombre.

Cuento tonto #4

WagVal F.C
A lo lejos veo la misma pileta de siempre. Las aguas danzan en un desfile interminable que parece ser el destino inequívoco de su existencia.
Se sostiene su proceder al igual que el suceder de ciertas vidas; inadvertidas, ajenas al cambio.
De pronto es de noche y ha pasado mucho tiempo desde que no me enfrento a aquellos caudales. Y veo su resplandor que avanza hacia la penumbra.
Sus movimientos son siempre los mismos, adornados por colores que desafían la oscuridad. Acaso el señuelo que acapara a los observadores.
Tal vez nunca dediqué la atención necesaria, pero ahí están; son el espejo de nuestras ocasiones, aquellas que perecieron, enlodadas en la memoria.
Veo las luces y entiendo cada una de sus razones. Sus existencias son la manifestación de la nostalgia, del futuro que aún no nos pertenece

jueves, 20 de agosto de 2015

Cuentos demasiado cortos (y tontos)

WagVal F.C
I
Tanto temor le tenía a la muerte que lloró a mares y murió ahogado.
II
Rozó la muerte tantas veces, que la vida, celosa, lo hizo eterno.
III
Dios, aburrido de su conocimiento absoluto, decidió crear a los seres humanos. Los seres humanos, aburridos de no hacer nada, crearon a dios.
IV
Le hacía el quite a los espejos porque era un soñador incansable.
V
Amó demasiado. Cuando dejó de hacerlo, vivió.
VI
Dirán en el año 2020 que los terrícolas encontraron vida en Marte. Dijeron los marcianos que en el año 2015, a pesar de los enormes esfuerzos, no fueron capaces de encontrar música en la tierra.
VII
El que pestañea pier
VIII
Tenía un sueño que guardó celosamente. No lo reveló nunca y durmió para siempre.
IX
-Entonces yo le dije: ¿qué sucede?
-¿y qué sucedió?
-Le saqué la conchasumadre.
X
Peor estar solo que sentirse solo, murmuró de pronto el Curiosity.

Cuento tonto #3

WagVal F.C
La lluvia se hace de las calles y de las intenciones de los presuntos caminantes. En un principio es la tenue llovizna enriquecedora.
El paso de las horas aproxima a las personas, que buscan refugiarse bajo paraguas ajenos. Pero el viento hace imposible conseguirlo.
Ahora la lluvia es cuchilla; pesadumbre como manto sobre los refugiados del agua. La evitan como el espejo y su sincera propuesta.
Se navega entre luces y lamentos. Los pobres a la deriva. Los ricos estancados en interminables desfiles bulliciosos.
Querían lluvia, dice algunos. Aquí la tienen, complementa el otro. Pero tampoco queríamos tanta, sugiere un metiche. Nunca se ponen de acuerdo, dice el viejito.
Se viene la noche, pero las personas se abalanzan unas sobre otras. Algunos creen que es supervivencia. Yo, personalmente, creo que es aprovechamiento del pánico. Pánico placentero.
Es linda la lluvia porque acerca a las personas. Se sientan unos junto a otros, buscan el calor de la estufa, se arropan en las camas. La lluvia llegó y, aun que sea por unas pocas horas, espero que se quede, aquí conmigo.

Cuento tonto #2

WagVal F.C
A las seis de la mañana tengo que levantarme. Me parece algo totalmente lamentable.
A las once de la noche pongo la alarma. No tengo sueño.
A las doce de la noche intento quedarme dormido. No puedo.
A las una de la mañana creo haber estado mucho tiempo sin poder conciliar el sueño. Veo el reloj.
Son las una y media de la mañana y todavía no logro dormir. Cuento ovejas.
Duermo.
Despierto.
Son las seis de la mañana. No quiero levantarme.
Me levanto. Sufro.
El día pasa.
A las seis de la mañana tengo que levantarme.
Son las once de la noche.
Las doce.
Las una y las dos.
Una oveja salta.
Una oveja cae.
Son las seis.
Pasa el tiempo.
Pasa la vida.

Cuento tonto #1

WagVal F.C
El hombre le habla al pavimento. Lo trata con cierta coquetería, como soslayando sus imperfecciones. Hay chicles viejos que parecen ser los lunares indeseados. Hay aspereza que fricciona y hiere la piel. Uno que otro cigarro mal apagado. Pero a él parece no importarle.
El hombre se abalanza con ternura sobre el pavimento y sobajea sus partes con la carencia del que no es entendido. La gente pasa, lo mira, pero rápidamente lo olvida. Hay costumbre en los actos de aquella locura.
Satisfecho, el hombre se desentiende. Tiene el cuello rasmillado y el rostro irritado. Sin embargo pareciera que el pavimento quiere un momento de intimidad. Un regaloneo. Mas el hombre se aleja, caminando sobre el infinito acompañante que pareciera estar, en este caso, siempre a su merced.
El pavimento se siente usado. No se propone hacerlo, porque el destino es el que hace ese tipo de cosas. El hombre da un paso en falso. El hombre cae. El hombre termina besando el pavimento.
Un nuevo amor imposible ha nacido.

martes, 21 de julio de 2015

WagVal F.C


2


Mi entrada fue sin grandes aspiraciones al encontrarme con la desolación propia del abandono. El aspecto, sin embargo, era el de un lugar cerrado, esperando a ser habitado por las almas errantes de aquél pequeño lugar en el que se encontraba construido. El único sonido era el de mis pasos, expandido hacia cada recodo gélido debido al eco incesante que mis botines producían. En un principio tenía una pequeña esperanza de que mi silencio fuese sorprendido por la respuesta de un sonido lejano, pero a medida que superaba las tienditas y luego las boleterías –todas cerradas, por cierto- esa esperanza se diluía en humo y se transformaba en preocupación. A primera vista la estación estaba completamente desolada y mi caminar desconfiado lo confirmaría mediante una leve inspección visual de todos los alrededores. No era tan sorprendente, a pesar de tratarse de una situación irrisoria, pero me preocupaba que aquél lugar en el que me encontraba fuera un proyecto inconcluso, el cual funcionaba como fachada de algo misterioso y más grande aún que la opulencia de su tamaño. Me preocupó estar pisando el suelo de algún tipo de organización secreta cuyos planes constituían el azote de forasteros como yo, perdidos y atrapados por las inclemencias de aquél pueblo tan particular.

Me senté en uno de los numerosos banquitos ubicados perfectamente frente a una enorme pantalla electrónica que, extrañamente, funcionaba. Digo extrañamente porque hubiese sido entendible que la falta de vida propiciara un apagón general de los artefactos electrónicos, mas este no era el caso. El enorme armatoste negro de letras amarillas indicaba que el único viaje en el itinerario de aquél día era, para mi suerte, el dirigido hacia la ciudad alemana de München. La noticia lejos de animarme me produjo una extraña mezcla de sensaciones debido a lo poco probable que aún me parecía, a pesar de la confirmación del cartel electrónico, que un tren llegase a este pueblucho. Todo parecía conformar un escenario demasiado lejano al cotidiano suceder de las cosas, pero estando tan lejos de casa, le di, con algunas cuotas de resignación, opción a lo favorable.

Desde el andén número cinco me ubiqué a esperar la llegada del tren con la misma incertidumbre de antes. A medida que pasaba el tiempo y su aparición se hacía inminente, un fuerte estrés se apoderó de mí, debiendo sentarme en uno de los pequeños banquitos y tomar agua de vez en cuando. Me parecía una tontería que el tren llegara al andén cinco y no al uno; estando la estación en el absoluto abandono de presencias, resultaba, a mi parecer, lógico, incluso conveniente, que el tren llegara al primer andén, creándose, al menos por un tema de apariencias, un cierto orden que, tras pensarlo, me pareció innecesario. Nada en ese lugar podía regirse por la norma, teniendo en cuenta los acontecimientos que me había tocado presenciar, por lo que mi enojo era injustificado.

Extrañé por primera vez mi reloj. No había forma de enterarse de la hora ya que misteriosamente el cartel electrónico dejó de funcionar, lo que me impacientó aún más debido a la posibilidad, ahora cierta, de que todo fuera un fraude. De todas maneras decidí esperar, ya que no podía darme el lujo de descartar el viaje en base a suposiciones desesperanzadas. La incertidumbre respecto al paso del tiempo era otra de mis preocupaciones. La última vez que vi la hora fue al entrar a la estación, cuando el cartel electrónico aún funcionaba. En ese entonces eran las cinco y veinte y desde ahí en adelante podrían haber pasado unos diez o quince minutos. Mi talento para percibir el tiempo, sin embargo,  estaba en entredicho debido a que no tenía referentes para confirmar mis suposiciones. Y ante la absoluta carencia de sucesos, el tiempo parecía haber adquirido una concepción distinta, como si su paso dependiera de las variables que el entorno genera en mí; esto me sumía en una terrible situación, ya que al no tener mayores referencias de la existencia de lo que me rodeaba me sentía vacuo, como si el tiempo ya no existiese y todo fuese el parálisis de un instante de la historia al cual yo fui arrojado desde el abismo como castigo por algún pecado imposible de corregir.

De todas formas no podía faltar mucho para las seis de la tarde, hora de llegada del tren. Impaciente me avoqué a la búsqueda de cigarros, los cuales me había prometido evitar a toda costa debido a una tos desgarradora que con el paso de los días se fue haciendo más frecuente. La quietud del tiempo, sin embargo, ocasionaba en mí profundos desasosiegos en los que me hundía y asfixiaba, como si el aire fuese escaso y cada bocanada debiese ser dada con mesura y orden. Ese aire del que estaba falto lo encontraba en el tabaco y no me importaron mis bronquios azotados, ni mi garganta adolorida; necesitaba de manera imperiosa desprenderme del nerviosismo, pero la única máquina expendedora de cigarros estaba en mal estado, lo que terminó por acongojarme por completo.

Al contrario de las máquinas expendedoras de alimentos, esta en particular carecía del vidrio transparente que permite ver los productos, en este caso varias marcas distintas de cigarros. En su lugar estaban dibujadas cada una de las cajetillas disponibles, con sus nombres y tipografías particulares. Los dibujos carecían del revestimiento típico que busca darle un aspecto más concreto, como intentando emular la realidad; eran más bien dibujos artesanales, pero que fueron hechos con técnica exquisita, dándole a la máquina expendedora un aspecto pintoresco u original. Parecía ser que, a pesar de estos dibujos, la superficie que los sostenía y que me distanciaba de poder hacerme de los cigarros, era el mismo vidrio de las otras máquinas a las que me refería. Esto significaba un claro acierto, ya que me daba la posibilidad de poder enfrentarme a la decisión de obtener mis cigarros a como de lugar.

El riesgo de ser descubierto mientras fustigaba el vidrio tan bien decorado me detuvo durante varios minutos, situándome frente a la máquina expendedora con la misma quietud con la que vagamente percibía el tiempo. Sabía que verme sorprendido por algún individuo, sea cual sea su posición respecto a mi actuar, era poco probable, pero aún así sentía un leve temor a ser reprendido por la inexistencia y su posibilidad de existir. Así y todo me decidí a romper el vidrio con una de las rocas que saqué de entre medio de los rieles. Nunca antes había estado tan cerca de salirme de la norma, lo que me detuvo un instante antes de realizar el lanzamiento porque aún me parecía una acción osada. Me mantuve impávido con el proyectil en la mano y cuando parecía que el miedo estaba por ganarme, lancé un certero piedrazo que quebró por completo el vidrio y su arte. El estruendo retumbó y se reprodujo por cada recoveco de aquél lugar, expandiéndose en niveles insospechados. Temí llamar la atención de algún lugareño, por lo que tardé en abalanzarme sobre las cajetillas. Cuando me sentí seguro de que nadie se había dado por enterado, recogí la mayor cantidad de paquetes, guardándolos en todos los bolsillos de mi ropa.

Eran varias las marcas de cigarros que guardé en mis bolsillos. El motín estaba compuesto por unas quince o quizás veinte cajetillas. No me fue fácil encender el primer cigarro ya que mi encendedor estaba ad portas de ser un objeto inservible. El hecho me preocupó, por lo que elegí guardarlo y prender los siguientes con la colilla del que estaba fumando. Así fumé tres cigarros al hilo, sin darle respiro a mis bronquios y garganta. Me invadió una serenidad absoluta y creo haber esbozado una sonrisa efímera. La llegada del tren era mi única preocupación y su espera se fue haciendo menos tediosa. El cielo estaba completamente oscuro y las nubes anunciaban la inminente lluvia. Hace días que vienen vaticinando un gran temporal, me recordé. Es una de las razones que me dio la señora de la pensión para irme rápido, antes de que el agua sea enemiga y me haga presa de su poder.

Ansiaba un café, el que tenía en mente desde mi entrada a la estación. El frío ya era una realidad y comencé a sentirme desprotegido, como si la tormenta y la ausencia del tren me encausaran hacia el olvido, sintiéndome de pronto un desvalido carente de respuestas, excedido de conjeturas inconclusas. Me abrumaba verme atado al pueblo sin tener la certeza de que podría alejarme de él. Quise encender otro cigarro, pero el encendedor dejó definitivamente de funcionar y nuevamente perecí hacia las sombras de la desesperanza. Me decidí a mantener fija la mirada en los rieles y en los interminables andenes, avivando la ilusión, construyendo, o más bien proyectando desde mis anhelos un tren que se aparecía fantasmagóricamente en ese horizonte difuso, para luego hacerse real, con sus sonidos casi imperceptibles y el despliegue de sus tecnologías y velocidades.

Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer. A pesar de que estaba cubierto por un pequeño techo sabía que la tormenta vulneraría cualquier intento por cuidarme de ella. Sentí que el tren llegaría pronto y no me animé a esconderme en algún lugar más alejado. Creí no poder moverme, como si la parálisis de la entrega hacia lo desconocido se hubiese hecho parte de mi cuerpo, siendo yo un mero objeto de aquél tiempo inactivo. Lamenté mi situación y adquirí una postura extraña que con la llegada de la lluvia más intensa se transformó en una posición fetal. Un sueño inmenso se agolpó junto a mí y creí caer dormido, cuando de pronto sentí una leve vibración.

El leve movimiento en forma de pálpito se percibía como el fugaz paso del anhelo, pero me negaba, con ánimo plañidero, a aceptar la posibilidad de que la vibración fuese el heraldo de un tren en camino. Permanecí quieto, soportando el agua que me acercaba con mayor insistencia, ignorando el frío viento, cuyos azotes repentinos me hacían perder el equilibrio, el cual recobraba cuando su ímpetu decaía. La vibración ahora era un pequeño temblor acompañado por un sonido sórdido, falto de identificación. Mi ánimo seguía por el suelo, temía que mi mente disminuida me jugara una mala pasada y todo el asunto fuese una obra inquietante de mi imaginación y deseo. De pronto un estruendo sofocante estalló desde el cielo como un enorme quejido que se sintió como el galope del peor de los augurios. La lluvia caía como si el cielo fuese agua y lo hubiesen desamarrado de su soporte, con violencia. El viento era ensordecedor, lo que me asustó y obligó a levantarme.

Me costaba mantener el equilibrio y si bien lo primero que hice fue ver aquél horizonte infinito a través de los andenes, me era imposible distinguir, entre la lluvia y el vuelo de hojas y suciedad brusca, la existencia del tren. A los ojos me llegaba agua y tierra, lo que me descolocó, dejándome totalmente afectado, como si el agua no fuese suficiente, al igual que la terrible ansiedad que estaba sintiendo por la incertidumbre del presente. Comencé a caminar contra el viento, con la cabeza inclinada en diagonal hacia abajo, manteniendo la vista en el suelo y evitando la mugre que de seguro ya me había ensuciado por completo. La tempestad tenía la fuerza del apocalipsis y me invitaba a desistir de cualquier intento de permanencia, como si nada más pudiera hacerse para combatir su inquietante agresividad.

Un enorme empujón acompañado por un nuevo trueno me botó al suelo, cayendo varias de mis cajetillas a las líneas del tren. Estaba de espaldas y me era muy difícil reincorporarme, por lo que debí gatear hacia el banquito en el que estaba sentado antes para apoyarme en él y lograr restablecer el equilibrio. A esas alturas mi aspecto era deprimente y el pánico se apoderaba de mí. Creí estar soñando, como si el repentino azote de la naturaleza fuese un temor encerrado en el cajón de los traumas y que se envalentonaba conmigo intentando enseñarme algo.

Dudé en mantenerme a la espera del tren. Había perdido la concepción del tiempo y del espacio, pues la cantidad de material moviéndose me condicionaba a una miopía dolorosa y llena de espanto. Estaba también por perder la motivación y la esperanza, cuando el súbito aparecer del tren me paralizó por su fuerza y, por cierto, por su sorpresa. El chirrido del frenar era el agregado que faltaba para dejarme en el absoluto desconcierto, dudando de la veracidad de lo que estaba viendo. No me permitía los mínimos atisbos de alegría; quería confirmar su existencia, palparlo y sentir que este infierno acuoso llegaba a su fin.

Cuando el tren estaba detenido me dirigí con las mismas dificultades a la primera puerta que vi, sin importar el vagón al que yo realmente pertenecía (no había indicación alguna en el pasaje respecto al vagón y menos al asiento). Y como si el absoluto fuese aquél moderno medio de transporte que me sorprendió inmediatamente al constatar su existencia y modernidad, entré al tren, dejando atrás la tormenta que parecía apoderarse del pueblo y sus miserables habitantes.

lunes, 20 de julio de 2015

WagVal F.C
1



La estación de trenes lucía muy nueva, casi sin estrenar, pero el desértico panorama al que me estaba enfrentando me hacía dudar de la realidad de aquello que yo veía. Los andenes eran interminables, como si trenes infinitos se acoplaran en los rieles a la espera de personas invisibles, con viajes y sueños invisibles.

Tenía la leve intención de viajar hacia Barcelona, pero la realidad de mi pasaje indicaba que mi destino no era otro que München. Volver al sur de Alemania había significado un trabajo de varios meses, como si la quimera estuviese conformada por un deseo erróneo. De vez en cuando me arremangaba la manga de la chaqueta y buscaba en mi brazo el reloj para corroborar la hora, pero sólo veía mi piel blanca y un mínimo indicio de marca aún más blanca, dando a entender que alguna vez un reloj ocupó aquél lugar de mi muñeca por mucho tiempo.

El único cartel electrónico mostraba tan sólo un viaje próximo, el mío, y eso me inquietaba, acaso porque la responsabilidad de tomar ese tren era aún mayor. No podía fallar, pues era vital para mis planes subirme a aquél tren y viajar las casi quince horas, sin interrupciones, para llegar a mi destino; no era mi anhelo, porque el mío era Barcelona, pero tras la alarmante conversación de la última noche con la dueña de la pensión en la que yo alojaba, no quedaba otra alternativa que ir a la región bávara.

Me preocupaba no poder ser capaz de ver la hora. Entender el paso del tiempo, o al menos tener una verificación constante de que la realidad está ocurriendo, me acompañaba desde aquél cumpleaños en el que yo, siendo un niño, recibí de mi padre un reloj muy precario, casi de juguete, que atesoré hasta su muerte, día en el que decidí despojarme de aquella pieza barata e inservible. El ver la hora, sin embargo, se hizo una costumbre propia de mi personalidad, como si me hubiese transformado en un adicto a las agujas equívocas.

Había intercambiado mi reloj, uno de real valor que había comprado muchos años antes en una feria de reliquias en Varsovia, por aquél pasaje indeseado. El trueque no fue una decisión fácil, pero atendiendo al nulo poder adquisitivo con el que me presentaba frente al viejo de la casa junto al río, era lo único que podría sacarme de aquél lugar.

El viejo tenía un aspecto huraño, decaído; los años parecían haberse plasmado en las arrugas, tan abundantes y delgadas, como cortes muy finos que con el tiempo cicatrizaron quedando en el estado actual. Su espalda era curva y jorobada, haciéndolo un hombre en constante desequilibrio, teniendo que combatir aquella condición con un bastón casi tan viejo como él. El viejo era pobre, su casa era una pequeña construcción de adobe en la que había una pequeña cama, una cocinilla, un plato, un vaso, unas pocas frazadas y una bacinica que seguramente era su baño. Nada de su aspecto y situación reflejaba el gran negociador que había detrás de esa miserable realidad. La carencia en el vivir, al menos tan precaria según mi percepción (a pesar de que mi estilo de vida nunca fue de lujos), me hacía pensar que la obtención del pasaje sería fácil, casi un robo indolente. No obstante y tras varios minutos de espera, me llevó unos pocos segundos advertir en su comportamiento una nula intensión de facilitar el trámite.

Me presenté intentando esbozar una sonrisa, escondiendo en lo posible la urgencia con la que necesitaba obtener el pasaje. El viejo abrió la puertita de madera con dificultad, porque las tablas de las que estaba hecha chocaban con el desnivel del suelo, debiendo producirse un sonido irritante, provocado por la madera rasgando la tierra, cada vez que la agujereada compuerta se maniobraba.

Era muy pequeño, al igual que su casa, a la que debí entrar encogido y casi doblado para poder involucrarme en la situación. El viejo caminaba lentamente y cojeaba siempre a punto de caer de cara al suelo, pero en esa dificultad parecía haber desarrollado una destreza única que lo hacía un enorme caminador endeble. Se sentó sobre una tabla sostenida por dos pequeños troncos. Yo busqué sin mucho éxito algún lugar en dónde ubicarme cómodamente, por lo que preferí hacer del suelo mi asiento.

Mi altura era ahora menor que la del viejo, que parecía gozar en silencio con mi nueva pequeñez, adoptando él un aire poderoso, de quién tiene la potestad de decidir el futuro próximo según su conveniencia. No obstante su aspecto no terminaba por convencerme, siendo difícil ejercer algún tipo de respeto hacia su persona, entenderlo como el ser autoritario que la realidad de los hechos establecía.

Su mentón parecía carecer de carne, siendo este un pedazo de hueso y piel sucia, adornada con largos y escasos vellos grises; las manos eran pequeñas, pero de dedos largos y gruesos, con un aspecto duro y seco. Sólo ciertas muecas que parecían involuntarias, como espasmos crónicos, mostraban unos pequeños ojos acuosos y lánguidos que alguna vez deben haber visto a muchos incrédulos como yo, que se presentaban ante él, con sus conocimientos e historiales, pidiendo clemencia por un pasaje que los sacara de aquél pequeño pueblo.

Parecía insólito que un pueblo tan pequeño como ese tuviera una estación de trenes tan grandilocuente. Era la perfecta construcción para una urbe moderna y enorme, en la cual se producía un ir y venir de los más sofisticados trenes de los países más desarrollados de Europa. Pero en este espejismo tangible que significaba la estación no habían ni trenes, ni personas que venían o se iban a los países europeos. No había bullicio ni la intensidad con la que funcionan las grandes estaciones de trenes; sólo un silencio indescifrable que se expandía por cada uno de los pasillos fríos y perfectamente pintados de gris claro.

Igual de insólito me parecía que, a pesar de todas las prestaciones de aquella monumental instalación, un solo viejo centenario, morador de una minúscula y fragil﷽﷽﷽﷽﷽﷽ecaria casita de adobe mins l instalacila instalaciestaciones de trenes. Sara de aquhechos estableccse un sonido irritágil casita de adobe, fuera el poseedor del único pasaje (no tenía constancia de que hubiesen más pasajes disponibles) de un tren que parecía ser el solitario fantasma equivocado y del cual tampoco había certeza de su existencia. No me quedaba más que entregarme a su merced y disponer de sus indicaciones.

El principal problema que enfrenté tras entrar a su casa fue el idioma. El viejo hablaba un dialecto del cual ya me habían informado, pero mi necedad de citadino que todo lo quiere rápido me llevó a no concederle mayor importancia al asunto, involucrándome en una conversación imposible, debido a mi absoluto desconocimiento de aquél lenguaje añejo. Por supuesto que el viejo no intentó comprenderme ni hacerse comprender, generando un ambiente tenso en el que el tiempo apremiaba y mi paciencia se diluía con el pasar de las palabras.

El dialecto tenía tintes árabes, mezclado con una pronunciación catalana o francesa, pero muy lejano a cualquier jerga antes escuchada, por lo tanto, la utilización de señas fue la que, por mi parte, intentó hacerle entender que la razón de mi interrupción a su quieto vivir era por el pasaje a la ciudad de München. Estoy seguro que el viejo sabía de mis razones, dudo que haya cumplido otro rol tan importante en el pueblo, pero parecía pertinente explicarme a modo de presentación, buscando mostrarme como un hombre educado y respetuoso por sus costumbres.

Nos llevó varios minutos creer estar en el mismo plano contextual (podría presumir de mi excelente percepción del paso del tiempo, pero la tensión en la que me encontraba me había hecho perder esa noción tan ejercitada), pero ya entrados en ese camino, pudimos ser muy breves a la hora de entender nuestras necesidades. Él quería algo de valor, y que excediera el valor del pasaje. Lo interesante es que para él el pasaje no tenía un valor monetario, más bien le otorgaba un valor sentimental, y se encargaba de hacerme entender que el pasaje era algo que yo necesitaba y del cual no podía prescindir. Tales resoluciones eran siempre parte de mis propias conclusiones, ya que mediante el uso de señas y dibujos en la tierra no se puede obtener algo muy preciso, por lo que es ahora cuando adorno aquellas interpretaciones.

Habíamos llegado a un punto muerto. La conversación se había hecho laberíntica y noté en el viejo un gesto de cansancio. Temí de pronto que mi presencia ya no fuera suficiente para su provecho, lo que me urgió a aumentar mis esfuerzos por concluir mi visita. Demás está decir que no estaba dispuesto, de verme expulsado por el viejo, a actuar de una forma más violenta, atacándolo sin tener la certeza de poder obtener el pasaje. Alentado por el frío que comenzaba a colarse entre los abundantes orificios de la casa, moví con mi mano la manga que cubría mi muñeca, aún ocupada por mi preciado reloj. Eran las cinco de la tarde en punto. Tardé en volver la mirada hacia el viejo porque ocupé ese silencio para sacar cálculos, intentando, sin el ímpetu necesario, configurar un plan de emergencia si es que esta reunión no daba frutos. Resignado, me preparaba para un nuevo intento de negociación, el último, cuando al mirar al viejo, éste sostenía en sus trémulas manos, un papel amarillo.

Su rostro había adquirido rasgos joviales ya que por primera vez tenía los ojos más abiertos que de costumbre. Había una clara expresión de interés, la cual confirmó cuando de pronto se paró de la tabla sostenida por los troncos y, con paso cansino, se acercó hacia mí, indicando mi muñeca con uno de sus dedos gruesos. Estaba claro que el viejo quería mi reloj y de pronto un haz de luz se coló por uno de los orificios, como aclarando el panorama; por fin tenía mi salida, pero hubiese preferido cualquier otro tipo de trueque, ya que mi reloj era quizás el único bien material al cual había otorgado cierto valor. De pronto las interpretaciones sobre el valor monetario y el valor sentimental que hace algunos instantes había hecho cobraban relevancia.

Procuraba hacerme el desentendido en la medida de lo posible, pero era difícil obviar las intenciones del viejo que ahora, con insistencia, apuntaba hacia mi muñeca con ánimos de desenfundarla y mostrar el derrotero del tiempo. Con resignación subí la manga y dejé al descubierto mi piel blanquecina, tan bien adornada por el artefacto. Si hubiese podido, el viejo daba un salto y rompía el techo de su vivienda. Dudo que alguna vez, al menos en el corto plazo, haya estado tan feliz como ese momento. Parecía tener la certeza de que ese reloj ya era suyo, que mi desesperación lo valía y que nada podía truncar el negocio. Se acercó aún más y con la uña de su dedo índice hizo sonar tres veces el vidrio del reloj, mirándome directamente a los ojos, haciéndome sentir tan próximo a mi destino, mostrándome el papel amarillo que aún no examinaba.

Está bien, pensé. No queda otra opción que hacerlo. Desamarré con cuidado la correa de cuero y puse el reloj sobre mi mano, admirándolo por ultima vez, intentando encontrarle algún defecto que hiciera menos dolorosa su entrega; pero hacerlo parecía un engaño y asumir su destino era el duelo temprano que, en otras circunstancias, hubiese sido evitable, imposible. Con desgano estaba por entregar el reloj cuando recordé no haber examinado el pasaje. Hasta el momento, el papel amarillo podía ser cualquier cosa menos un pasaje de tren, por lo que le hice entender al viejo que debía examinar primero el papel antes de llevar a cabo la transacción. Parecía un trato justo teniendo en cuenta que él ya había podido apreciar el funcionamiento de su parte del negocio, sin embargo mi observación pareció agitarlo, irritándolo hasta el punto de querer deshacer el trueque. Su comportamiento me alteró porque imaginé que todo lo acordado se derrumbaba, siendo el pueblucho parte de mi presente y sobre todo de mi futuro, una realidad que me abrumó hasta el punto de entrar en una pequeña crisis interior, la cual superé al entregarle al viejo el reloj sin siquiera haber reclamado el papel.

No le fue fácil, pero tras una breve inspección de su nuevo tesoro, me entregó el papel sin mirarme y haciendo ademanes para que abandonara su casa. Me invadió una congoja violenta, al sentirme humillado por un indefenso viejo cuyo único objetivo había sido despojarme de mi más valioso bien. De pronto la sensación tras obtener lo que había buscado incesantemente no correspondía a la satisfacción de quién logra lo propuesto. Miré el papel y efectivamente era un pasaje hacia München desde la estación de trenes del pueblucho. Una leve alegría hizo el amago de dominarme, pero pronto fue absorbida por el anhelo irrefutable de volver a tener mi reloj.

Dejé detrás la casa del viejo y el cielo comenzaba a cubrirse de gris. El frío, característico de sus tardes, me crispó la piel y ahora urgía un café caliente. Caminé sin gran apuro, buscando en el paisaje el aliciente para permitirme algún grado de felicidad que no encontré. Sin nada más que el papel amarillo en mis manos y una bufanda colorada que cubría mi cuello, entré a la estación de trenes, en dónde la soledad me esperaba.


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El nombre

Penumbra de la paloma
llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde
cuando la sombra no entorpece los pasos
y la venida de la noche se advierte
como una música esperada y antigua,
como un grato declive (…)

Calle desconocida, J.L.B