La otra vez estaba caminando por un parque muy acogedor. Tenía hartos árboles. Uno agradece árboles en medio de la ciudad. A veces se nos olvida que la naturaleza es lo común; el cemento es un invitado arrollador.
Senté, como siempre me ha gustado, en una de esas bancas llenas de garabatos y mensajes de amor. Y esperé a que los colores cambiaran, que el día mostrase sus caras más diversas.
Ahí me pasé la tarde entera, viendo pasar a las personas, acusando un hambre que saciaba con tabaco, o con alguna anotación imprecisa en mi libreta.
Llegué a casa y más de alguno me preguntó por el relajo evidente con el que venía dando como pequeños saltos. No me entendieron, pero a mí los parques y, en su versión más íntima, las plazas, me hacen creer que aún hay calma en medio de la vorágine santiaguina.
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