La noche se ve densa. La neblina corrobora todas mis suposiciones respecto al suceder de las estrellas, las oscuridades y las sombras nocturnas. No me parece un buen momento para salir a caminar. Sin embargo, lo hago.
En la calle me encuentro conmigo. Me veo demacrado, algo distraído. Traigo una barba de varias semanas, el aspecto huraño de quién no se ha visto al espejo en un buen tiempo. Camino perdido. Fumo una cola que encontré segundos antes en uno de los bolsillos de mi chaqueta.
El lejano sonido de los autos se hace más notorio, acaso por ser lo único que interrumpe al silencio, junto con mis pasos desconcertados. Los faroles por los cuales paso, poco a poco se van apagando, como si una sinfonía visual y predeterminada se estuviera desencadenando a medida que yo me abalanzo sobre los adoquines.
Quiero entrar a uno de esos bares, pero no cuento con que el efecto de la cola se hace presente de forma rauda y potente. Debo lidiar con mi cabeza, la cual de pronto se torna un torbellino indómito. Los ojos se me secan.
Respecto a mi aspecto ya no estoy tan preocupado. Pareciera ser que hace años que dejó de importar, como si de pronto nada de lo que estoy viviendo en este momento corresponde a una realidad demasiado valorable.
Me siento en uno de esos bancos que tanto me gustan. Está frío, al igual que la noche, pero me las arreglo para quedar en una posición más o menos confortable. Sé que desde ahora deberé recorrer un largo trecho para recuperar la confianza del lúcido. Así no puedo entrar.
Pasan de pronto varios grupos de personas que en su totalidad me parecen una masa demasiado grande de personas; que ríen, que bromean, que hablan estupideces alentadas por el alcohol. Deseo que me ignoren. Tampoco tendrían por qué notarme, o reparar en mí.
Es así como me voy sumiendo en un viaje extraño. Miro hacia mi lado y me encuentro con mi mirada. Hay temor, pero ese que se camufla con ciertos movimientos o actitudes. Debo decir que lo he perfeccionado hasta el punto de hacerme dudar a mí mismo.
No se pasa. No se pasa y debo seguir pensando estrategias para abordar mi próximo desafío. Es que entrar a un bar lleno de gente parece demasiado extremo para un reciente y repentino volado. Es el problema de esas colas: su emocionante aparición ciega y hace olvidar las posibles consecuencias que pueden tener en el porvenir más cercano.
Pequeños espasmos me hacen dudar de mi siguiente movimiento, pero en un ataque de coraje me levanto y me voy hacia la puerta del bar. No sé si es el correcto, tampoco sé qué es lo que haré al traspasar la puerta, pero me parece prudente seguir el ímpetu que me tiene meditando posibles acciones.
Me levanto, pero el impulso es demasiado grande y hondo, por lo que irreparablemente me las emprendo hacia el cielo, acompañado por la sensación de vértigo del que se está elevando. Me vuelo, me vuelo tanto que ahora los bares son pequeñas lucecitas que se distinguen desde lo lejos.
Se supone que no iba a salir, que esta noche sería una cerveza temprana y a dormir. Pero parece demasiado lejano, como si hace décadas hubiese planeado algo que terminó por cambiar su rumbo en una dirección totalmente distinta.
Me dejo ir, pues ya no parece muy sensato luchar contra el vuelo en el que me encuentro. Me dejo llevar, hasta que desde la altura comienzo a sentir el hedor amigo, pero ahora tan difícil de identificar. Un olor seco, demasiado fuerte.
Caigo. Caigo desde lo más alto y cuando estoy a punto de destrozarme contra el suelo, me encuentro en el principio, con la cola en los dedos, quemándome, haciéndome entender que no es muy recomendable seguir con mi camino. Doy media vuelta. Creo que es necesario descansar.
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