A lo lejos veo la misma pileta de siempre. Las aguas danzan en un desfile interminable que parece ser el destino inequívoco de su existencia.
Se sostiene su proceder al igual que el suceder de ciertas vidas; inadvertidas, ajenas al cambio.
De pronto es de noche y ha pasado mucho tiempo desde que no me enfrento a aquellos caudales. Y veo su resplandor que avanza hacia la penumbra.
Sus movimientos son siempre los mismos, adornados por colores que desafían la oscuridad. Acaso el señuelo que acapara a los observadores.
Tal vez nunca dediqué la atención necesaria, pero ahí están; son el espejo de nuestras ocasiones, aquellas que perecieron, enlodadas en la memoria.
Veo las luces y entiendo cada una de sus razones. Sus existencias son la manifestación de la nostalgia, del futuro que aún no nos pertenece
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