Habrán sido sus toques pincelados, o tal vez el semblante que exhibía; seriedad irrenunciable, como el más enfocado de los sujetos. Cualquiera de sus características me hacían perecer ante sus genialidades.
¿Quién dijo que el talento es de una sola pierna? Pronunciarse como un capaz de las perspectivas se compara sólo con la genialidad de quién es consciente de sus defectos.
Entonces pareciera ser imposible no rendirse ante la inmensa vacilación que te hacía protagonizar con la música de sus movimientos. No hace falta el sobrenombre ni el brillo excesivo. Los verdaderos se demuestran en la constancia del vértigo.
Y por alguna razón tuve la oportunidad de presenciarlo en tantas ocasiones. Siempre sumido en la grandeza. Siempre asumiendo el papel del desquite impensado, con el que de pronto se demostró en su naturaleza más pura.
Desde aquél día en el que la volea entró al ángulo, lo considero el mayor privilegio que nos ha dado el deporte. El más maravilloso fulgor, de un tal conocido como Zizou.
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