Lavó la loza con la misma determinación de siempre. Escudriñó cada espacio del último plato, esperando no olvidar retazos de comida. La recordó, con la misma paciencia que entregaba al refriegue, esperando limpiar de su memoria aquellas manchas que no permitían recordarla con la claridad que quería.
domingo, 29 de noviembre de 2015
martes, 24 de noviembre de 2015
Cuento tonto #27
No todos los días se logran alinear los planetas. Ese día, sin embargo, parecieron al menos ponerse de acuerdo para que nosotros nos encontráramos, de súbito, en ese lugar que tantas otras veces frecuentamos, cuando el universo aún no se enteraba de lo nuestro.
Cuento tonto #26
No le molesta la vida ni menos su realidad, pero a veces, cuando las cosas se ponen demasiado feas, prefiere sacarse los anteojos y dejarse llevar por lo desdibujado de la ceguera momentánea.
viernes, 20 de noviembre de 2015
Cuento tonto #25
Jugaron al misterio durante mucho tiempo. La costumbre los hizo imberbes amantes que se agotaron en la búsqueda de la solución. Cuando ya era demasiado tarde, descubrieron en sus rostros que el juego ya no era juego; era culpa, por no haber tomado en cuenta la posibilidad de perderse en el camino.
Cuento tonto #24
La espuma blanca y amarga quedó sobre el bigote. Había llegado a ese punto en el que no percibía el tiempo y su prudencia, por lo que los sorbos eran constantes, casi como un concurso de apuro.
Eso explicaba, en parte, su estado actual. Arrastraba las palabras que se tropezaban con una lengua cada vez más adormecida. Posaba su codo sobre la barra y con una sonrisa ingenua buscaba apoyo en el brazo.
Su mirada se entrelazaba con las muchas personas y el constante murmullo lo hacía creer que de pronto alguien se acercaría a entablar una conversación.
Mas eran quimeras. Su realidad era demasiado ajena a la norma promedio que se manifestaba en aquél bar. Por muy buenas intenciones que tuviera, él era al que se debía evitar, por sus movimientos errantes, por su derroche de incomodidad.
Muy cerca estuvo de ser abatido por más de algún cualquiera que tuvo la mala fortuna de verse involucrado con los confusos anhelos del borrachito.
Y así fue pasando la noche, entre las músicas y los pedidos ensoberbecidos de quienes se posaban sobre la derrotada figura beoda, que yacía presa de sus tiernos lamentos.
Habrá sido la atracción de la noche, pero el tiempo lleva al olvido, y el hombre, perenne ebrio y asiduo de las barras, es el paso desapercibido de una vida, que se sucede entre vasos, sueños y miradas.
Cuento tonto #23
En días como el de hoy, en el que el sol abunda, así también el cielo, deben ponerse en perspectiva todas las dudas que uno puede tener.
Es que parece que la alegría se esconde tras las nubes; cuando éstas se desvanecen, cae como un manto sobre la ciudad una sensación que apacigua a los más aletargados.
Y aquí se haya uno, sentado sobre la incómoda silla de algún local cualquiera, asumiendo el rol del alegre que logra obviar el tedio de la espera y sus vicisitudes.
¡Alegría, alegría!
Cuento tonto #22
Entonces entendió que el agua era la calma que había estado buscando por tanto tiempo. Desde su quietud se mantuvo mirándola durante largos ratos. Sintió como la pesadumbre se desvanecía mientras el leve movimiento se dejaba percibir desde la lejanía.
El cielo comenzó a cubrirse y lo que era en un principio una tímida llovizna, terminó por convertirse en una lluvia furiosa y breve. Cada gota retumbaba en el lago, cuyas aguas se mezclaban en la eternidad de sus capacidades. Sentía una fuerza inefable que confabulaba a favor de la felicidad.
El viento botaba hojas y ramas desde los árboles; las aguas eran ahora la vorágine propia de una liberación, acaso la respuesta a una búsqueda oculta que en su manifestación furibunda sosegaba los lamentos que lo habían llevado, en medio de la incertidumbre, a ese preciso momento.
Aprendió a perpetuar la magnitud de ese instante. Cada vez que las incógnitas lo abordaban y parecían superarlo, volvía a aquél lugar, desde el grisáceo presente citadino, y se encontraba con el agua, con el lago, con la calma.
Cuento tonto #21
Sobre la interminable avenida caen las hojas secas de un otoño anaranjado.
El pasar de los autos provoca una breve danza indómita que cesa con la soledad.
Crujen los pasos cansados; la inquieta melodía que pasa desapercibida.
Y se escribe entre las aceras un cuento que se va contando solo, a merced del tiempo y sus disposiciones.
Cuento tonto #20
/Sobre el vaivén incierto del amor temporal
La noche dejó de ser amarga con la llegada de la luna.
Se tomaron de la mano y escucharon un disco de The Wings.
Bebieron de la misma copa, acompañados por un cigarro.
Trataron de recordar el lugar en donde se supieron vivos.
Observaron la delicadeza con la que el sol comenzaba a aparecer.
Hicieron de la mañana, un espacio para soñar a destajo.
Esperaron la penumbra de la paloma, así a la luna y sus acompañantes.
La dulce y mutua compañía los mantuvo sin enterarse
de como las horas se desvanecían
entre sus pausas
y sus
discusiones
antojadizas.
Cuento tonto #19
La última vez que se vieron, ambos tenían la sensación de que no volverían a hacerlo en mucho tiempo. Ninguno de los dos lo dijo, sin embargo.
Se reunieron en uno de los parques predilectos. En el lugar en donde tantas otras veces habían conversado sobre la posibilidad de viajar.
Esta vez, esta última vez, procuraron obviar la certeza de la distancia que los separaría indeterminadamente. Se rieron harto. Ignoraron lo venidero.
Cuando la sombra dejó de entorpecer los pasos, una extraña sensación se apoderó de sus pensamientos. Sentían que, a pesar de la prolongación de sus ausencias, era el inevitable destino.
Así que, cada uno por su lado, se despidieron, sin tener la certeza de un nuevo encuentro. Era el comienzo de otra etapa, en la que los caminos se separan. Momento que alguna vez imaginaron, hace muchos años, en ese parque, cuando los anhelos seguían siendo anhelos.
Cuento tonto #18
La otra vez estaba caminando por un parque muy acogedor. Tenía hartos árboles. Uno agradece árboles en medio de la ciudad. A veces se nos olvida que la naturaleza es lo común; el cemento es un invitado arrollador.
Senté, como siempre me ha gustado, en una de esas bancas llenas de garabatos y mensajes de amor. Y esperé a que los colores cambiaran, que el día mostrase sus caras más diversas.
Ahí me pasé la tarde entera, viendo pasar a las personas, acusando un hambre que saciaba con tabaco, o con alguna anotación imprecisa en mi libreta.
Llegué a casa y más de alguno me preguntó por el relajo evidente con el que venía dando como pequeños saltos. No me entendieron, pero a mí los parques y, en su versión más íntima, las plazas, me hacen creer que aún hay calma en medio de la vorágine santiaguina.
Cuento tonto #17
¿Te ha pasado que ves a una persona, reconoces su cara, pero simplemente no puedes recordarla? Bueno, eso me pasó el otro día-dijo.
En la calle Londres. No suelo estar en la calle Londres. Pero ese día en particular, tenía ganas de ir a la calle Londres. Es que hay algo bastante llamativo, una atmósfera calma, a pesar de su cercanía con el ajetreo del centro.
Paré a amarrarme los zapatos y cuando levanté la vista estaba esta persona, que de seguro me reconoció. Puedo estar inventando, chucha, estoy inventando, pero son de esas cosas que uno siente desde adentro, más que con el corazón, con la guata.
Así que me preocupé de mirarla a los ojos. Y bien sabes lo que me cuesta, lo difícil que es para mí mirar a una persona a los ojos por un tiempo prolongado. Sobre todo si no la conozco. Pensará que soy un pervertido, pensé.
Curiosamente la persona me miró, se detuvo y me quedó mirando. Yo estaba con los cordones aún en las manos y la miraba impávido, como si fuese una aparición demasiado encantadora.
Sí, obvio que me dio vergüenza, al principio. Pero no sé, habrán pasado diez, quince, veinte segundos en los que de una vereda a otra -la distancia es mínima porque esos callejones son bastante estrechos- nos miramos, como dejándonos llevar.
Puede que hayamos estado jugando a quién cedía primero. Era un desafío silencioso, íntimo, poco corriente. Así que mientras duró nuestra lucha de miradas, dejé de pensar, dejé la vergüenza. Sólo intentaba recordarla.
Pasó un grupo de personas y, como en las películas, la conexión entre nosotros se quebró. Comenzó a alejarse lentamente, con el caminar de quién aparece y desaparece.
No, no pude recordarla, no tengo idea si en realidad la conozco o tal vez es todo una elucubración. La cosa es que por un momento nos pertenecimos. Vaya a saber uno lo que esa persona habrá pensado. ¡Imagina lo que le habrá dicho a sus amigos!
En fin. Dime loco, pero para mí, este tipo de situaciones son únicas en la vida, porque son de esas cosas que uno lee en una novela o ve en una película.
Es posible que quizás nunca nos conocimos, que quizás los dos estábamos teniendo el mismo dilema: reconocernos si siquiera habernos visto. Y eso es lo lindo, compartir un momento a pesar de nuestras distancias. A pesar de no sabernos.
Cuento tonto #16
De cómo reír (y no fallar en el intento)
Lo primero es la confianza. La confianza es muy importante. Te predestina y te predispone.
Arrugas el papel, cartón si quieres. Si no, no. El material, un par de vueltas, lames ahí y allá, voilá.
Música y entregarte. Es muy importante. Entre garse. Conversa, tonteras, seriedades, conversa. Sobre todo tonteras.
Imagina, que vas, por ahí, leeeeeeejos. Y te encuentras, con gente. Te hablan, les hablas, se ríen, de la historia, que normalmente, parece fome.
No te atrapes, mejor anda y dale color. Sí, dale, dale color, que hay que pasarlo bien. Cerveza, helada, sorbos largos y certeros.
Si te duele la guata, es un buen indicador. Si te miras al espejo, y te ríes de tus ojos saltones, nariz de papa y orejas elefantescas, de esos matices cambiantes, de los colores brillantes, dale. Es un buen indicador.
No sé. Pero hay muchas, muchas formas. Yo me acuerdo de esa ahora, porque, bueno, es bastante divertida.
Já.
Cuento tonto #15
Caminas por algún lugar y ves a una persona conocida. La analizas, buscas en su rostro los gestos que le den identidad, pero los recuerdos perecen y no hay registros, a pesar de que el corazón te dice que sí, que conoces a ese individuo.
Avanzas cambiando la mirada, volviéndola siempre a esa persona, como queriendo hacer un contacto visual envalentonado, a propósito. Te estás acercando y sólo esperas que te reconozca, a ver si el comienzo de una conversación casual te devuelve la memoria.
Y las miradas se cruzan, se enlazan como los cordones de los zapatos que los niños amarran; tan sólo dura unos segundos, pero detrás hay una verdadera conexión que se siente entre la distancia.
Claro, pareciera que los separan silencios y complicidades, pero hay una seguridad que se entiende, incluso, desde la circunstancia ajena, y que refiere a la pura coincidencia de encontrarse, de reconocerse, de obviarse con la certeza de haberse entendido, a pesar de esa omisión media forzada.
Ahí hay belleza. En el silencio. Porque se deja abierta una oportunidad cierta y que, muchas veces, dejamos pasar. Como a esa persona. Como la vida y sus sorpresas.
Cuento tonto #14
Se acerca un zorrón a otro.
-Buena perro. ¿Vay a FLUOR MAGNET PLUS VIP?
-Obvio po, zorro. ¿Nos tiramos unas pastis?
-Está diciendo, ¿no?.
Chocan los puños.
En la fiesta.
-Perro, estoy todo tripeado.
-Yo también.
-¿Selfie?
-Selfie.
-¿Cómo salió?
-Mira.
-Fino. Súbela po.
Al otro día.
P agregó una nueva foto.
Por Whatsapp.
-Perro, no me etiquetaste.
-Sorry, lo hago altoque.
A medida que se acumulan los likes.
-La hicimos con la foto.
-Si po, zorrito. Así se hace.
-Pero no quedó claro lo de las pastis.
-No cachai na. Lo mejor está en la intriga.
-Ya pero igual hay que poner algo.
-¿Como qué?
Escribe un comentario...
Lo bueno es que estábamos "lucidos".
Aumentan los likes.
El ego sube.
Sube la popularidad.
Y es así como se construye una imagen. Lo demás es una lata.
Cuento tonto #13
Años anteriores, se abalanzó sobre las botellas y el desenfreno, haciendo de estas fechas el momento preciso para desvergonzarse con nula decencia.
Excusas para el delirio hay muchas, pero parecía no necesitarlas. Cuando el contexto te abraza, debes abrazarlo de vuelta. No hay que ser maleducado.
Acaso son las circunstancias, pero hoy se desvive por otros menesteres. Hoy abre la ventana y ve al Santiago más grisáceo. Ese que lo invita a volarse con la más mínima decencia; como antes.
Cuento tonto #12 (Lo repentino)
La noche se ve densa. La neblina corrobora todas mis suposiciones respecto al suceder de las estrellas, las oscuridades y las sombras nocturnas. No me parece un buen momento para salir a caminar. Sin embargo, lo hago.
En la calle me encuentro conmigo. Me veo demacrado, algo distraído. Traigo una barba de varias semanas, el aspecto huraño de quién no se ha visto al espejo en un buen tiempo. Camino perdido. Fumo una cola que encontré segundos antes en uno de los bolsillos de mi chaqueta.
El lejano sonido de los autos se hace más notorio, acaso por ser lo único que interrumpe al silencio, junto con mis pasos desconcertados. Los faroles por los cuales paso, poco a poco se van apagando, como si una sinfonía visual y predeterminada se estuviera desencadenando a medida que yo me abalanzo sobre los adoquines.
Quiero entrar a uno de esos bares, pero no cuento con que el efecto de la cola se hace presente de forma rauda y potente. Debo lidiar con mi cabeza, la cual de pronto se torna un torbellino indómito. Los ojos se me secan.
Respecto a mi aspecto ya no estoy tan preocupado. Pareciera ser que hace años que dejó de importar, como si de pronto nada de lo que estoy viviendo en este momento corresponde a una realidad demasiado valorable.
Me siento en uno de esos bancos que tanto me gustan. Está frío, al igual que la noche, pero me las arreglo para quedar en una posición más o menos confortable. Sé que desde ahora deberé recorrer un largo trecho para recuperar la confianza del lúcido. Así no puedo entrar.
Pasan de pronto varios grupos de personas que en su totalidad me parecen una masa demasiado grande de personas; que ríen, que bromean, que hablan estupideces alentadas por el alcohol. Deseo que me ignoren. Tampoco tendrían por qué notarme, o reparar en mí.
Es así como me voy sumiendo en un viaje extraño. Miro hacia mi lado y me encuentro con mi mirada. Hay temor, pero ese que se camufla con ciertos movimientos o actitudes. Debo decir que lo he perfeccionado hasta el punto de hacerme dudar a mí mismo.
No se pasa. No se pasa y debo seguir pensando estrategias para abordar mi próximo desafío. Es que entrar a un bar lleno de gente parece demasiado extremo para un reciente y repentino volado. Es el problema de esas colas: su emocionante aparición ciega y hace olvidar las posibles consecuencias que pueden tener en el porvenir más cercano.
Pequeños espasmos me hacen dudar de mi siguiente movimiento, pero en un ataque de coraje me levanto y me voy hacia la puerta del bar. No sé si es el correcto, tampoco sé qué es lo que haré al traspasar la puerta, pero me parece prudente seguir el ímpetu que me tiene meditando posibles acciones.
Me levanto, pero el impulso es demasiado grande y hondo, por lo que irreparablemente me las emprendo hacia el cielo, acompañado por la sensación de vértigo del que se está elevando. Me vuelo, me vuelo tanto que ahora los bares son pequeñas lucecitas que se distinguen desde lo lejos.
Se supone que no iba a salir, que esta noche sería una cerveza temprana y a dormir. Pero parece demasiado lejano, como si hace décadas hubiese planeado algo que terminó por cambiar su rumbo en una dirección totalmente distinta.
Me dejo ir, pues ya no parece muy sensato luchar contra el vuelo en el que me encuentro. Me dejo llevar, hasta que desde la altura comienzo a sentir el hedor amigo, pero ahora tan difícil de identificar. Un olor seco, demasiado fuerte.
Caigo. Caigo desde lo más alto y cuando estoy a punto de destrozarme contra el suelo, me encuentro en el principio, con la cola en los dedos, quemándome, haciéndome entender que no es muy recomendable seguir con mi camino. Doy media vuelta. Creo que es necesario descansar.
Cuento tonto #11
Hay en el pasar desapercibido una magnífica oportunidad para aquellos que no procuran desvivirse por el elogio constante e injustificado.
Esta maravillosa oportunidad refiere al anonimato más noble; aquél que se manifiesta a las espaldas de los vanagloriados. En las sombras del sediento.
Yo por ejemplo, intento con grandes cuotas de éxito, hacerme el desentendido y mirar hacia un lado cuando se me acerca alguna felicitación que, sobre todo, no merezco.
Por eso mismo soy amigo del anonimato. Porque hay quién nace para las luces y quién, como yo, nació para pasar piola.
Cuento tonto #10
Habrán sido sus toques pincelados, o tal vez el semblante que exhibía; seriedad irrenunciable, como el más enfocado de los sujetos. Cualquiera de sus características me hacían perecer ante sus genialidades.
¿Quién dijo que el talento es de una sola pierna? Pronunciarse como un capaz de las perspectivas se compara sólo con la genialidad de quién es consciente de sus defectos.
Entonces pareciera ser imposible no rendirse ante la inmensa vacilación que te hacía protagonizar con la música de sus movimientos. No hace falta el sobrenombre ni el brillo excesivo. Los verdaderos se demuestran en la constancia del vértigo.
Y por alguna razón tuve la oportunidad de presenciarlo en tantas ocasiones. Siempre sumido en la grandeza. Siempre asumiendo el papel del desquite impensado, con el que de pronto se demostró en su naturaleza más pura.
Desde aquél día en el que la volea entró al ángulo, lo considero el mayor privilegio que nos ha dado el deporte. El más maravilloso fulgor, de un tal conocido como Zizou.
Cuento tonto #9
Yo no creía en el absoluto.
Me parecía una definición demasiado grandiosa.
No creo en dios. En ninguna de sus perspectivas.
No soy partidario de partidos políticos.
Me cago en la imitación como forma de pertenencia.
Suelo no pertenecer a grandes grupos sociales.
Y cuando lo hago, parezco perderme.
¿Del amor? Nada está dicho.
En la lectura hay posibilidad.
Y en la escritura espejos y espejismos.
Sin embargo, cuando parecía perder la esperanza, me di cuenta
que el absoluto había estado frente a mis oídos
durante tanto tiempo;
un absoluto llamado The Beatles.
Well, shake it up, baby.
Cuento tonto #8
La apreciaba con cautela, pero con la insistencia de quien se ve sorprendido por los modos; esos que resaltan desde la quietud como una esencia que define impresiones y, por cierto, quimeras.
Sus años, los de ambos, dirían al entorno que sus días han sido el vértigo cuyo naufragio es un hecho palpable en los vestigios del tiempo; condena de los que ya no se permiten volcar hacia el desenfreno amoroso.
Sin embargo él la seguía apreciando desde la distancia de sus vagones. Pasaban las estaciones y los anhelos se acumulaban sobre sus fantasías como la límpida danza de una melodía.
Se abre la puerta y él baja, mas no perece su iniciativa, cuyo ímpetu lo lleva a subirse nuevamente, pero en el vagón en donde ella se encuentra. Es imberbe viajero y se acomoda a su lado, como palpando su desinterés, queriendo advertirlo y combatirlo desde el silencio.
Sólo dos estaciones pasaron y ella parecía no enterarse del hombre, que de de pronto abandonó el vagón y desapareció entre el gentío, dejando atrás el romance anónimo que había significado el trayecto. El tiempo podía arrebatarle aspectos y destrezas, pero no el deseo por permitirse, de vez en cuando, volver a sentir.
Él sólo quería la sensación, esa que la vida le permite mediante audacias y simples amoríos, erigirse desde el imaginario y la nostalgia. Después de todo, muerto no estaba.
Cuento tonto #7
Nos encontrábamos en la agonía de nuestras distancias. Carecían de valor los temores que segregan a los desconocidos y se rectificaba la impetuosa pasión de quienes sienten una atracción innegable.
Podía ser delirio o tal vez la fantasía urbana que se figura en el aire mediante las miradas que se cruzan, se evitan, se acordonan. Había evidencia, desde luego, de que el sabor resultante de nuestra vacilación por acercarnos era el correcto caminar hacia el perecimiento de las vergüenzas.
Entonces cuando de pronto las puertas del vagón se abrieron y nos enfrentamos, sabiendo que el tiempo es el único impedimento de nuestra quimera, se deja caer como un manto enorme, la melodía que espero que se escuche en el andén y la estación entera.
Maybe I'm amazed, decía la canción, y es así como nos dejamos llevar por ella.
Cuento tonto #6
No entender el significado de la privacidad tiene su origen en la carencia absoluta de atención en alguna etapa de la vida. Eso, según estudios de importantes entidades científicas, explicaría el anhelo absoluto de un número importante de la población por hacer públicos los pasos que van dando durante cada día.
Una de las más grandes conclusiones que pueden obtenerse al respecto es que tales manifestaciones pueden ser identificadas, entre otras, en modo de vociferación del mínimo éxito, exacerbación de la mediocridad, proyección del aburrimiento.
Es por eso que, considerando lo anterior, quiénes formen parte de la siguiente letanía, deberán acudir al más cercano profesional:
-Abusadores de redes sociales.
-Presuntos expertos en materias diversas.
-Adquiridores de la llamada personalidad cibernética.
-Todo aquél que guste de la expresión más íntima a través de un teclado, obviando el contacto humano.
-Y, por supuesto, aquellos pobres hombres que escriben cuentos tontos con el triste afán de refrescar el contenido digital, tan nimio por estos días.
-Presuntos expertos en materias diversas.
-Adquiridores de la llamada personalidad cibernética.
-Todo aquél que guste de la expresión más íntima a través de un teclado, obviando el contacto humano.
-Y, por supuesto, aquellos pobres hombres que escriben cuentos tontos con el triste afán de refrescar el contenido digital, tan nimio por estos días.
A todos ustedes, que los "Me gusta" los acompañe.
Cuento tonto #5
*When you're strange, no one remembers your name*
Las calles parecían ser suyas, como si desde su mente hubiesen sido pensadas y llevadas a la realidad, en el vano intento de quién busca adaptarse a los pareceres ajenos.
Sin embargo nada de aquella realidad era fruto de sus cavilaciones. En la esquina había una farmacia de reciente apertura; sobre el asfalto caliente humeaba aún la colilla anaranjada de un cigarro.
Su caminar carecía de seguridad y, por cierto, de desplante. Su mirada parecía ser la de quién ha olvidado su identidad, como pululando entre la alevosía del anonimato y el reconocimiento.
De pronto las calles se atiborran de gentes que caminan en la dirección contraria. Es él el único que parece corromper los anhelos de la norma, aquella que hace de las miradas ajenas un juicio teledirigido.
Los rostros se abalanzan sobre sus similares, mientras el hombre queda solo en su penumbra, acompañado por la certeza de que su caminar no será recordado, como su presencia y, por supuesto, como su nombre.
Cuento tonto #4
A lo lejos veo la misma pileta de siempre. Las aguas danzan en un desfile interminable que parece ser el destino inequívoco de su existencia.
Se sostiene su proceder al igual que el suceder de ciertas vidas; inadvertidas, ajenas al cambio.
De pronto es de noche y ha pasado mucho tiempo desde que no me enfrento a aquellos caudales. Y veo su resplandor que avanza hacia la penumbra.
Sus movimientos son siempre los mismos, adornados por colores que desafían la oscuridad. Acaso el señuelo que acapara a los observadores.
Tal vez nunca dediqué la atención necesaria, pero ahí están; son el espejo de nuestras ocasiones, aquellas que perecieron, enlodadas en la memoria.
Veo las luces y entiendo cada una de sus razones. Sus existencias son la manifestación de la nostalgia, del futuro que aún no nos pertenece
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Penumbra de la paloma
llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde
cuando la sombra no entorpece los pasos
y la venida de la noche se advierte
como una música esperada y antigua,
como un grato declive (…)
Calle desconocida, J.L.B