El hombre le habla al pavimento. Lo trata con cierta coquetería, como soslayando sus imperfecciones. Hay chicles viejos que parecen ser los lunares indeseados. Hay aspereza que fricciona y hiere la piel. Uno que otro cigarro mal apagado. Pero a él parece no importarle.
El hombre se abalanza con ternura sobre el pavimento y sobajea sus partes con la carencia del que no es entendido. La gente pasa, lo mira, pero rápidamente lo olvida. Hay costumbre en los actos de aquella locura.
Satisfecho, el hombre se desentiende. Tiene el cuello rasmillado y el rostro irritado. Sin embargo pareciera que el pavimento quiere un momento de intimidad. Un regaloneo. Mas el hombre se aleja, caminando sobre el infinito acompañante que pareciera estar, en este caso, siempre a su merced.
El pavimento se siente usado. No se propone hacerlo, porque el destino es el que hace ese tipo de cosas. El hombre da un paso en falso. El hombre cae. El hombre termina besando el pavimento.
Un nuevo amor imposible ha nacido.
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