La lluvia se hace de las calles y de las intenciones de los presuntos caminantes. En un principio es la tenue llovizna enriquecedora.
El paso de las horas aproxima a las personas, que buscan refugiarse bajo paraguas ajenos. Pero el viento hace imposible conseguirlo.
Ahora la lluvia es cuchilla; pesadumbre como manto sobre los refugiados del agua. La evitan como el espejo y su sincera propuesta.
Se navega entre luces y lamentos. Los pobres a la deriva. Los ricos estancados en interminables desfiles bulliciosos.
Querían lluvia, dice algunos. Aquí la tienen, complementa el otro. Pero tampoco queríamos tanta, sugiere un metiche. Nunca se ponen de acuerdo, dice el viejito.
Se viene la noche, pero las personas se abalanzan unas sobre otras. Algunos creen que es supervivencia. Yo, personalmente, creo que es aprovechamiento del pánico. Pánico placentero.
Es linda la lluvia porque acerca a las personas. Se sientan unos junto a otros, buscan el calor de la estufa, se arropan en las camas. La lluvia llegó y, aun que sea por unas pocas horas, espero que se quede, aquí conmigo.
0 comentarios:
Publicar un comentario