jueves, 20 de agosto de 2015

Cuentos demasiado cortos (y tontos)

WagVal F.C
I
Tanto temor le tenía a la muerte que lloró a mares y murió ahogado.
II
Rozó la muerte tantas veces, que la vida, celosa, lo hizo eterno.
III
Dios, aburrido de su conocimiento absoluto, decidió crear a los seres humanos. Los seres humanos, aburridos de no hacer nada, crearon a dios.
IV
Le hacía el quite a los espejos porque era un soñador incansable.
V
Amó demasiado. Cuando dejó de hacerlo, vivió.
VI
Dirán en el año 2020 que los terrícolas encontraron vida en Marte. Dijeron los marcianos que en el año 2015, a pesar de los enormes esfuerzos, no fueron capaces de encontrar música en la tierra.
VII
El que pestañea pier
VIII
Tenía un sueño que guardó celosamente. No lo reveló nunca y durmió para siempre.
IX
-Entonces yo le dije: ¿qué sucede?
-¿y qué sucedió?
-Le saqué la conchasumadre.
X
Peor estar solo que sentirse solo, murmuró de pronto el Curiosity.

Cuento tonto #3

WagVal F.C
La lluvia se hace de las calles y de las intenciones de los presuntos caminantes. En un principio es la tenue llovizna enriquecedora.
El paso de las horas aproxima a las personas, que buscan refugiarse bajo paraguas ajenos. Pero el viento hace imposible conseguirlo.
Ahora la lluvia es cuchilla; pesadumbre como manto sobre los refugiados del agua. La evitan como el espejo y su sincera propuesta.
Se navega entre luces y lamentos. Los pobres a la deriva. Los ricos estancados en interminables desfiles bulliciosos.
Querían lluvia, dice algunos. Aquí la tienen, complementa el otro. Pero tampoco queríamos tanta, sugiere un metiche. Nunca se ponen de acuerdo, dice el viejito.
Se viene la noche, pero las personas se abalanzan unas sobre otras. Algunos creen que es supervivencia. Yo, personalmente, creo que es aprovechamiento del pánico. Pánico placentero.
Es linda la lluvia porque acerca a las personas. Se sientan unos junto a otros, buscan el calor de la estufa, se arropan en las camas. La lluvia llegó y, aun que sea por unas pocas horas, espero que se quede, aquí conmigo.

Cuento tonto #2

WagVal F.C
A las seis de la mañana tengo que levantarme. Me parece algo totalmente lamentable.
A las once de la noche pongo la alarma. No tengo sueño.
A las doce de la noche intento quedarme dormido. No puedo.
A las una de la mañana creo haber estado mucho tiempo sin poder conciliar el sueño. Veo el reloj.
Son las una y media de la mañana y todavía no logro dormir. Cuento ovejas.
Duermo.
Despierto.
Son las seis de la mañana. No quiero levantarme.
Me levanto. Sufro.
El día pasa.
A las seis de la mañana tengo que levantarme.
Son las once de la noche.
Las doce.
Las una y las dos.
Una oveja salta.
Una oveja cae.
Son las seis.
Pasa el tiempo.
Pasa la vida.

Cuento tonto #1

WagVal F.C
El hombre le habla al pavimento. Lo trata con cierta coquetería, como soslayando sus imperfecciones. Hay chicles viejos que parecen ser los lunares indeseados. Hay aspereza que fricciona y hiere la piel. Uno que otro cigarro mal apagado. Pero a él parece no importarle.
El hombre se abalanza con ternura sobre el pavimento y sobajea sus partes con la carencia del que no es entendido. La gente pasa, lo mira, pero rápidamente lo olvida. Hay costumbre en los actos de aquella locura.
Satisfecho, el hombre se desentiende. Tiene el cuello rasmillado y el rostro irritado. Sin embargo pareciera que el pavimento quiere un momento de intimidad. Un regaloneo. Mas el hombre se aleja, caminando sobre el infinito acompañante que pareciera estar, en este caso, siempre a su merced.
El pavimento se siente usado. No se propone hacerlo, porque el destino es el que hace ese tipo de cosas. El hombre da un paso en falso. El hombre cae. El hombre termina besando el pavimento.
Un nuevo amor imposible ha nacido.

martes, 21 de julio de 2015

WagVal F.C


2


Mi entrada fue sin grandes aspiraciones al encontrarme con la desolación propia del abandono. El aspecto, sin embargo, era el de un lugar cerrado, esperando a ser habitado por las almas errantes de aquél pequeño lugar en el que se encontraba construido. El único sonido era el de mis pasos, expandido hacia cada recodo gélido debido al eco incesante que mis botines producían. En un principio tenía una pequeña esperanza de que mi silencio fuese sorprendido por la respuesta de un sonido lejano, pero a medida que superaba las tienditas y luego las boleterías –todas cerradas, por cierto- esa esperanza se diluía en humo y se transformaba en preocupación. A primera vista la estación estaba completamente desolada y mi caminar desconfiado lo confirmaría mediante una leve inspección visual de todos los alrededores. No era tan sorprendente, a pesar de tratarse de una situación irrisoria, pero me preocupaba que aquél lugar en el que me encontraba fuera un proyecto inconcluso, el cual funcionaba como fachada de algo misterioso y más grande aún que la opulencia de su tamaño. Me preocupó estar pisando el suelo de algún tipo de organización secreta cuyos planes constituían el azote de forasteros como yo, perdidos y atrapados por las inclemencias de aquél pueblo tan particular.

Me senté en uno de los numerosos banquitos ubicados perfectamente frente a una enorme pantalla electrónica que, extrañamente, funcionaba. Digo extrañamente porque hubiese sido entendible que la falta de vida propiciara un apagón general de los artefactos electrónicos, mas este no era el caso. El enorme armatoste negro de letras amarillas indicaba que el único viaje en el itinerario de aquél día era, para mi suerte, el dirigido hacia la ciudad alemana de München. La noticia lejos de animarme me produjo una extraña mezcla de sensaciones debido a lo poco probable que aún me parecía, a pesar de la confirmación del cartel electrónico, que un tren llegase a este pueblucho. Todo parecía conformar un escenario demasiado lejano al cotidiano suceder de las cosas, pero estando tan lejos de casa, le di, con algunas cuotas de resignación, opción a lo favorable.

Desde el andén número cinco me ubiqué a esperar la llegada del tren con la misma incertidumbre de antes. A medida que pasaba el tiempo y su aparición se hacía inminente, un fuerte estrés se apoderó de mí, debiendo sentarme en uno de los pequeños banquitos y tomar agua de vez en cuando. Me parecía una tontería que el tren llegara al andén cinco y no al uno; estando la estación en el absoluto abandono de presencias, resultaba, a mi parecer, lógico, incluso conveniente, que el tren llegara al primer andén, creándose, al menos por un tema de apariencias, un cierto orden que, tras pensarlo, me pareció innecesario. Nada en ese lugar podía regirse por la norma, teniendo en cuenta los acontecimientos que me había tocado presenciar, por lo que mi enojo era injustificado.

Extrañé por primera vez mi reloj. No había forma de enterarse de la hora ya que misteriosamente el cartel electrónico dejó de funcionar, lo que me impacientó aún más debido a la posibilidad, ahora cierta, de que todo fuera un fraude. De todas maneras decidí esperar, ya que no podía darme el lujo de descartar el viaje en base a suposiciones desesperanzadas. La incertidumbre respecto al paso del tiempo era otra de mis preocupaciones. La última vez que vi la hora fue al entrar a la estación, cuando el cartel electrónico aún funcionaba. En ese entonces eran las cinco y veinte y desde ahí en adelante podrían haber pasado unos diez o quince minutos. Mi talento para percibir el tiempo, sin embargo,  estaba en entredicho debido a que no tenía referentes para confirmar mis suposiciones. Y ante la absoluta carencia de sucesos, el tiempo parecía haber adquirido una concepción distinta, como si su paso dependiera de las variables que el entorno genera en mí; esto me sumía en una terrible situación, ya que al no tener mayores referencias de la existencia de lo que me rodeaba me sentía vacuo, como si el tiempo ya no existiese y todo fuese el parálisis de un instante de la historia al cual yo fui arrojado desde el abismo como castigo por algún pecado imposible de corregir.

De todas formas no podía faltar mucho para las seis de la tarde, hora de llegada del tren. Impaciente me avoqué a la búsqueda de cigarros, los cuales me había prometido evitar a toda costa debido a una tos desgarradora que con el paso de los días se fue haciendo más frecuente. La quietud del tiempo, sin embargo, ocasionaba en mí profundos desasosiegos en los que me hundía y asfixiaba, como si el aire fuese escaso y cada bocanada debiese ser dada con mesura y orden. Ese aire del que estaba falto lo encontraba en el tabaco y no me importaron mis bronquios azotados, ni mi garganta adolorida; necesitaba de manera imperiosa desprenderme del nerviosismo, pero la única máquina expendedora de cigarros estaba en mal estado, lo que terminó por acongojarme por completo.

Al contrario de las máquinas expendedoras de alimentos, esta en particular carecía del vidrio transparente que permite ver los productos, en este caso varias marcas distintas de cigarros. En su lugar estaban dibujadas cada una de las cajetillas disponibles, con sus nombres y tipografías particulares. Los dibujos carecían del revestimiento típico que busca darle un aspecto más concreto, como intentando emular la realidad; eran más bien dibujos artesanales, pero que fueron hechos con técnica exquisita, dándole a la máquina expendedora un aspecto pintoresco u original. Parecía ser que, a pesar de estos dibujos, la superficie que los sostenía y que me distanciaba de poder hacerme de los cigarros, era el mismo vidrio de las otras máquinas a las que me refería. Esto significaba un claro acierto, ya que me daba la posibilidad de poder enfrentarme a la decisión de obtener mis cigarros a como de lugar.

El riesgo de ser descubierto mientras fustigaba el vidrio tan bien decorado me detuvo durante varios minutos, situándome frente a la máquina expendedora con la misma quietud con la que vagamente percibía el tiempo. Sabía que verme sorprendido por algún individuo, sea cual sea su posición respecto a mi actuar, era poco probable, pero aún así sentía un leve temor a ser reprendido por la inexistencia y su posibilidad de existir. Así y todo me decidí a romper el vidrio con una de las rocas que saqué de entre medio de los rieles. Nunca antes había estado tan cerca de salirme de la norma, lo que me detuvo un instante antes de realizar el lanzamiento porque aún me parecía una acción osada. Me mantuve impávido con el proyectil en la mano y cuando parecía que el miedo estaba por ganarme, lancé un certero piedrazo que quebró por completo el vidrio y su arte. El estruendo retumbó y se reprodujo por cada recoveco de aquél lugar, expandiéndose en niveles insospechados. Temí llamar la atención de algún lugareño, por lo que tardé en abalanzarme sobre las cajetillas. Cuando me sentí seguro de que nadie se había dado por enterado, recogí la mayor cantidad de paquetes, guardándolos en todos los bolsillos de mi ropa.

Eran varias las marcas de cigarros que guardé en mis bolsillos. El motín estaba compuesto por unas quince o quizás veinte cajetillas. No me fue fácil encender el primer cigarro ya que mi encendedor estaba ad portas de ser un objeto inservible. El hecho me preocupó, por lo que elegí guardarlo y prender los siguientes con la colilla del que estaba fumando. Así fumé tres cigarros al hilo, sin darle respiro a mis bronquios y garganta. Me invadió una serenidad absoluta y creo haber esbozado una sonrisa efímera. La llegada del tren era mi única preocupación y su espera se fue haciendo menos tediosa. El cielo estaba completamente oscuro y las nubes anunciaban la inminente lluvia. Hace días que vienen vaticinando un gran temporal, me recordé. Es una de las razones que me dio la señora de la pensión para irme rápido, antes de que el agua sea enemiga y me haga presa de su poder.

Ansiaba un café, el que tenía en mente desde mi entrada a la estación. El frío ya era una realidad y comencé a sentirme desprotegido, como si la tormenta y la ausencia del tren me encausaran hacia el olvido, sintiéndome de pronto un desvalido carente de respuestas, excedido de conjeturas inconclusas. Me abrumaba verme atado al pueblo sin tener la certeza de que podría alejarme de él. Quise encender otro cigarro, pero el encendedor dejó definitivamente de funcionar y nuevamente perecí hacia las sombras de la desesperanza. Me decidí a mantener fija la mirada en los rieles y en los interminables andenes, avivando la ilusión, construyendo, o más bien proyectando desde mis anhelos un tren que se aparecía fantasmagóricamente en ese horizonte difuso, para luego hacerse real, con sus sonidos casi imperceptibles y el despliegue de sus tecnologías y velocidades.

Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer. A pesar de que estaba cubierto por un pequeño techo sabía que la tormenta vulneraría cualquier intento por cuidarme de ella. Sentí que el tren llegaría pronto y no me animé a esconderme en algún lugar más alejado. Creí no poder moverme, como si la parálisis de la entrega hacia lo desconocido se hubiese hecho parte de mi cuerpo, siendo yo un mero objeto de aquél tiempo inactivo. Lamenté mi situación y adquirí una postura extraña que con la llegada de la lluvia más intensa se transformó en una posición fetal. Un sueño inmenso se agolpó junto a mí y creí caer dormido, cuando de pronto sentí una leve vibración.

El leve movimiento en forma de pálpito se percibía como el fugaz paso del anhelo, pero me negaba, con ánimo plañidero, a aceptar la posibilidad de que la vibración fuese el heraldo de un tren en camino. Permanecí quieto, soportando el agua que me acercaba con mayor insistencia, ignorando el frío viento, cuyos azotes repentinos me hacían perder el equilibrio, el cual recobraba cuando su ímpetu decaía. La vibración ahora era un pequeño temblor acompañado por un sonido sórdido, falto de identificación. Mi ánimo seguía por el suelo, temía que mi mente disminuida me jugara una mala pasada y todo el asunto fuese una obra inquietante de mi imaginación y deseo. De pronto un estruendo sofocante estalló desde el cielo como un enorme quejido que se sintió como el galope del peor de los augurios. La lluvia caía como si el cielo fuese agua y lo hubiesen desamarrado de su soporte, con violencia. El viento era ensordecedor, lo que me asustó y obligó a levantarme.

Me costaba mantener el equilibrio y si bien lo primero que hice fue ver aquél horizonte infinito a través de los andenes, me era imposible distinguir, entre la lluvia y el vuelo de hojas y suciedad brusca, la existencia del tren. A los ojos me llegaba agua y tierra, lo que me descolocó, dejándome totalmente afectado, como si el agua no fuese suficiente, al igual que la terrible ansiedad que estaba sintiendo por la incertidumbre del presente. Comencé a caminar contra el viento, con la cabeza inclinada en diagonal hacia abajo, manteniendo la vista en el suelo y evitando la mugre que de seguro ya me había ensuciado por completo. La tempestad tenía la fuerza del apocalipsis y me invitaba a desistir de cualquier intento de permanencia, como si nada más pudiera hacerse para combatir su inquietante agresividad.

Un enorme empujón acompañado por un nuevo trueno me botó al suelo, cayendo varias de mis cajetillas a las líneas del tren. Estaba de espaldas y me era muy difícil reincorporarme, por lo que debí gatear hacia el banquito en el que estaba sentado antes para apoyarme en él y lograr restablecer el equilibrio. A esas alturas mi aspecto era deprimente y el pánico se apoderaba de mí. Creí estar soñando, como si el repentino azote de la naturaleza fuese un temor encerrado en el cajón de los traumas y que se envalentonaba conmigo intentando enseñarme algo.

Dudé en mantenerme a la espera del tren. Había perdido la concepción del tiempo y del espacio, pues la cantidad de material moviéndose me condicionaba a una miopía dolorosa y llena de espanto. Estaba también por perder la motivación y la esperanza, cuando el súbito aparecer del tren me paralizó por su fuerza y, por cierto, por su sorpresa. El chirrido del frenar era el agregado que faltaba para dejarme en el absoluto desconcierto, dudando de la veracidad de lo que estaba viendo. No me permitía los mínimos atisbos de alegría; quería confirmar su existencia, palparlo y sentir que este infierno acuoso llegaba a su fin.

Cuando el tren estaba detenido me dirigí con las mismas dificultades a la primera puerta que vi, sin importar el vagón al que yo realmente pertenecía (no había indicación alguna en el pasaje respecto al vagón y menos al asiento). Y como si el absoluto fuese aquél moderno medio de transporte que me sorprendió inmediatamente al constatar su existencia y modernidad, entré al tren, dejando atrás la tormenta que parecía apoderarse del pueblo y sus miserables habitantes.

lunes, 20 de julio de 2015

WagVal F.C
1



La estación de trenes lucía muy nueva, casi sin estrenar, pero el desértico panorama al que me estaba enfrentando me hacía dudar de la realidad de aquello que yo veía. Los andenes eran interminables, como si trenes infinitos se acoplaran en los rieles a la espera de personas invisibles, con viajes y sueños invisibles.

Tenía la leve intención de viajar hacia Barcelona, pero la realidad de mi pasaje indicaba que mi destino no era otro que München. Volver al sur de Alemania había significado un trabajo de varios meses, como si la quimera estuviese conformada por un deseo erróneo. De vez en cuando me arremangaba la manga de la chaqueta y buscaba en mi brazo el reloj para corroborar la hora, pero sólo veía mi piel blanca y un mínimo indicio de marca aún más blanca, dando a entender que alguna vez un reloj ocupó aquél lugar de mi muñeca por mucho tiempo.

El único cartel electrónico mostraba tan sólo un viaje próximo, el mío, y eso me inquietaba, acaso porque la responsabilidad de tomar ese tren era aún mayor. No podía fallar, pues era vital para mis planes subirme a aquél tren y viajar las casi quince horas, sin interrupciones, para llegar a mi destino; no era mi anhelo, porque el mío era Barcelona, pero tras la alarmante conversación de la última noche con la dueña de la pensión en la que yo alojaba, no quedaba otra alternativa que ir a la región bávara.

Me preocupaba no poder ser capaz de ver la hora. Entender el paso del tiempo, o al menos tener una verificación constante de que la realidad está ocurriendo, me acompañaba desde aquél cumpleaños en el que yo, siendo un niño, recibí de mi padre un reloj muy precario, casi de juguete, que atesoré hasta su muerte, día en el que decidí despojarme de aquella pieza barata e inservible. El ver la hora, sin embargo, se hizo una costumbre propia de mi personalidad, como si me hubiese transformado en un adicto a las agujas equívocas.

Había intercambiado mi reloj, uno de real valor que había comprado muchos años antes en una feria de reliquias en Varsovia, por aquél pasaje indeseado. El trueque no fue una decisión fácil, pero atendiendo al nulo poder adquisitivo con el que me presentaba frente al viejo de la casa junto al río, era lo único que podría sacarme de aquél lugar.

El viejo tenía un aspecto huraño, decaído; los años parecían haberse plasmado en las arrugas, tan abundantes y delgadas, como cortes muy finos que con el tiempo cicatrizaron quedando en el estado actual. Su espalda era curva y jorobada, haciéndolo un hombre en constante desequilibrio, teniendo que combatir aquella condición con un bastón casi tan viejo como él. El viejo era pobre, su casa era una pequeña construcción de adobe en la que había una pequeña cama, una cocinilla, un plato, un vaso, unas pocas frazadas y una bacinica que seguramente era su baño. Nada de su aspecto y situación reflejaba el gran negociador que había detrás de esa miserable realidad. La carencia en el vivir, al menos tan precaria según mi percepción (a pesar de que mi estilo de vida nunca fue de lujos), me hacía pensar que la obtención del pasaje sería fácil, casi un robo indolente. No obstante y tras varios minutos de espera, me llevó unos pocos segundos advertir en su comportamiento una nula intensión de facilitar el trámite.

Me presenté intentando esbozar una sonrisa, escondiendo en lo posible la urgencia con la que necesitaba obtener el pasaje. El viejo abrió la puertita de madera con dificultad, porque las tablas de las que estaba hecha chocaban con el desnivel del suelo, debiendo producirse un sonido irritante, provocado por la madera rasgando la tierra, cada vez que la agujereada compuerta se maniobraba.

Era muy pequeño, al igual que su casa, a la que debí entrar encogido y casi doblado para poder involucrarme en la situación. El viejo caminaba lentamente y cojeaba siempre a punto de caer de cara al suelo, pero en esa dificultad parecía haber desarrollado una destreza única que lo hacía un enorme caminador endeble. Se sentó sobre una tabla sostenida por dos pequeños troncos. Yo busqué sin mucho éxito algún lugar en dónde ubicarme cómodamente, por lo que preferí hacer del suelo mi asiento.

Mi altura era ahora menor que la del viejo, que parecía gozar en silencio con mi nueva pequeñez, adoptando él un aire poderoso, de quién tiene la potestad de decidir el futuro próximo según su conveniencia. No obstante su aspecto no terminaba por convencerme, siendo difícil ejercer algún tipo de respeto hacia su persona, entenderlo como el ser autoritario que la realidad de los hechos establecía.

Su mentón parecía carecer de carne, siendo este un pedazo de hueso y piel sucia, adornada con largos y escasos vellos grises; las manos eran pequeñas, pero de dedos largos y gruesos, con un aspecto duro y seco. Sólo ciertas muecas que parecían involuntarias, como espasmos crónicos, mostraban unos pequeños ojos acuosos y lánguidos que alguna vez deben haber visto a muchos incrédulos como yo, que se presentaban ante él, con sus conocimientos e historiales, pidiendo clemencia por un pasaje que los sacara de aquél pequeño pueblo.

Parecía insólito que un pueblo tan pequeño como ese tuviera una estación de trenes tan grandilocuente. Era la perfecta construcción para una urbe moderna y enorme, en la cual se producía un ir y venir de los más sofisticados trenes de los países más desarrollados de Europa. Pero en este espejismo tangible que significaba la estación no habían ni trenes, ni personas que venían o se iban a los países europeos. No había bullicio ni la intensidad con la que funcionan las grandes estaciones de trenes; sólo un silencio indescifrable que se expandía por cada uno de los pasillos fríos y perfectamente pintados de gris claro.

Igual de insólito me parecía que, a pesar de todas las prestaciones de aquella monumental instalación, un solo viejo centenario, morador de una minúscula y fragil﷽﷽﷽﷽﷽﷽ecaria casita de adobe mins l instalacila instalaciestaciones de trenes. Sara de aquhechos estableccse un sonido irritágil casita de adobe, fuera el poseedor del único pasaje (no tenía constancia de que hubiesen más pasajes disponibles) de un tren que parecía ser el solitario fantasma equivocado y del cual tampoco había certeza de su existencia. No me quedaba más que entregarme a su merced y disponer de sus indicaciones.

El principal problema que enfrenté tras entrar a su casa fue el idioma. El viejo hablaba un dialecto del cual ya me habían informado, pero mi necedad de citadino que todo lo quiere rápido me llevó a no concederle mayor importancia al asunto, involucrándome en una conversación imposible, debido a mi absoluto desconocimiento de aquél lenguaje añejo. Por supuesto que el viejo no intentó comprenderme ni hacerse comprender, generando un ambiente tenso en el que el tiempo apremiaba y mi paciencia se diluía con el pasar de las palabras.

El dialecto tenía tintes árabes, mezclado con una pronunciación catalana o francesa, pero muy lejano a cualquier jerga antes escuchada, por lo tanto, la utilización de señas fue la que, por mi parte, intentó hacerle entender que la razón de mi interrupción a su quieto vivir era por el pasaje a la ciudad de München. Estoy seguro que el viejo sabía de mis razones, dudo que haya cumplido otro rol tan importante en el pueblo, pero parecía pertinente explicarme a modo de presentación, buscando mostrarme como un hombre educado y respetuoso por sus costumbres.

Nos llevó varios minutos creer estar en el mismo plano contextual (podría presumir de mi excelente percepción del paso del tiempo, pero la tensión en la que me encontraba me había hecho perder esa noción tan ejercitada), pero ya entrados en ese camino, pudimos ser muy breves a la hora de entender nuestras necesidades. Él quería algo de valor, y que excediera el valor del pasaje. Lo interesante es que para él el pasaje no tenía un valor monetario, más bien le otorgaba un valor sentimental, y se encargaba de hacerme entender que el pasaje era algo que yo necesitaba y del cual no podía prescindir. Tales resoluciones eran siempre parte de mis propias conclusiones, ya que mediante el uso de señas y dibujos en la tierra no se puede obtener algo muy preciso, por lo que es ahora cuando adorno aquellas interpretaciones.

Habíamos llegado a un punto muerto. La conversación se había hecho laberíntica y noté en el viejo un gesto de cansancio. Temí de pronto que mi presencia ya no fuera suficiente para su provecho, lo que me urgió a aumentar mis esfuerzos por concluir mi visita. Demás está decir que no estaba dispuesto, de verme expulsado por el viejo, a actuar de una forma más violenta, atacándolo sin tener la certeza de poder obtener el pasaje. Alentado por el frío que comenzaba a colarse entre los abundantes orificios de la casa, moví con mi mano la manga que cubría mi muñeca, aún ocupada por mi preciado reloj. Eran las cinco de la tarde en punto. Tardé en volver la mirada hacia el viejo porque ocupé ese silencio para sacar cálculos, intentando, sin el ímpetu necesario, configurar un plan de emergencia si es que esta reunión no daba frutos. Resignado, me preparaba para un nuevo intento de negociación, el último, cuando al mirar al viejo, éste sostenía en sus trémulas manos, un papel amarillo.

Su rostro había adquirido rasgos joviales ya que por primera vez tenía los ojos más abiertos que de costumbre. Había una clara expresión de interés, la cual confirmó cuando de pronto se paró de la tabla sostenida por los troncos y, con paso cansino, se acercó hacia mí, indicando mi muñeca con uno de sus dedos gruesos. Estaba claro que el viejo quería mi reloj y de pronto un haz de luz se coló por uno de los orificios, como aclarando el panorama; por fin tenía mi salida, pero hubiese preferido cualquier otro tipo de trueque, ya que mi reloj era quizás el único bien material al cual había otorgado cierto valor. De pronto las interpretaciones sobre el valor monetario y el valor sentimental que hace algunos instantes había hecho cobraban relevancia.

Procuraba hacerme el desentendido en la medida de lo posible, pero era difícil obviar las intenciones del viejo que ahora, con insistencia, apuntaba hacia mi muñeca con ánimos de desenfundarla y mostrar el derrotero del tiempo. Con resignación subí la manga y dejé al descubierto mi piel blanquecina, tan bien adornada por el artefacto. Si hubiese podido, el viejo daba un salto y rompía el techo de su vivienda. Dudo que alguna vez, al menos en el corto plazo, haya estado tan feliz como ese momento. Parecía tener la certeza de que ese reloj ya era suyo, que mi desesperación lo valía y que nada podía truncar el negocio. Se acercó aún más y con la uña de su dedo índice hizo sonar tres veces el vidrio del reloj, mirándome directamente a los ojos, haciéndome sentir tan próximo a mi destino, mostrándome el papel amarillo que aún no examinaba.

Está bien, pensé. No queda otra opción que hacerlo. Desamarré con cuidado la correa de cuero y puse el reloj sobre mi mano, admirándolo por ultima vez, intentando encontrarle algún defecto que hiciera menos dolorosa su entrega; pero hacerlo parecía un engaño y asumir su destino era el duelo temprano que, en otras circunstancias, hubiese sido evitable, imposible. Con desgano estaba por entregar el reloj cuando recordé no haber examinado el pasaje. Hasta el momento, el papel amarillo podía ser cualquier cosa menos un pasaje de tren, por lo que le hice entender al viejo que debía examinar primero el papel antes de llevar a cabo la transacción. Parecía un trato justo teniendo en cuenta que él ya había podido apreciar el funcionamiento de su parte del negocio, sin embargo mi observación pareció agitarlo, irritándolo hasta el punto de querer deshacer el trueque. Su comportamiento me alteró porque imaginé que todo lo acordado se derrumbaba, siendo el pueblucho parte de mi presente y sobre todo de mi futuro, una realidad que me abrumó hasta el punto de entrar en una pequeña crisis interior, la cual superé al entregarle al viejo el reloj sin siquiera haber reclamado el papel.

No le fue fácil, pero tras una breve inspección de su nuevo tesoro, me entregó el papel sin mirarme y haciendo ademanes para que abandonara su casa. Me invadió una congoja violenta, al sentirme humillado por un indefenso viejo cuyo único objetivo había sido despojarme de mi más valioso bien. De pronto la sensación tras obtener lo que había buscado incesantemente no correspondía a la satisfacción de quién logra lo propuesto. Miré el papel y efectivamente era un pasaje hacia München desde la estación de trenes del pueblucho. Una leve alegría hizo el amago de dominarme, pero pronto fue absorbida por el anhelo irrefutable de volver a tener mi reloj.

Dejé detrás la casa del viejo y el cielo comenzaba a cubrirse de gris. El frío, característico de sus tardes, me crispó la piel y ahora urgía un café caliente. Caminé sin gran apuro, buscando en el paisaje el aliciente para permitirme algún grado de felicidad que no encontré. Sin nada más que el papel amarillo en mis manos y una bufanda colorada que cubría mi cuello, entré a la estación de trenes, en dónde la soledad me esperaba.


sábado, 13 de junio de 2015

Del amanecer y el perro

WagVal F.C
La mañana es fría. Mirar por la ventana es un augurio doloroso en el que uno se enfrenta al futuro inmediato de la forma más terrible. Ese color propio, cuando el sol aún no aparece completamente, pero la mañana ilumina, es, sin embargo, alentador.

Me arropo tras una ducha caliente e intento no sucumbir. Tras un desayuno precario comienzo a caminar sobre el asfalto resbaloso, moviendo los dedos dentro de los bolsillos para evitar el congelamiento. 

La cara es mi mayor preocupación. Duele sentir el viento azotando de pronto, posándose como una cuchilla afilada que corta de atrás hacia adelante y viceversa. El sonido de la fina capa de hielo resquebrajándose con mi andar es vigorizador.

La total ausencia de autos es reconfortante. El silencio se torna más puro cuando sólo es interrumpido por algún pájaro o el excesivo viento. Es difícil poder percibirlo en una urbe tan grande como Santiago. Por eso mi fascinación.

El cielo es celeste. El frío también. De pronto un perro aparece desde una reja de alambres. Su pelaje es café claro y las puntas están congeladas. Sus movimientos me sugieren que tiene frío, que quiere calor. Lo abrazo en cuclillas, lo levanto y lo mezo mientras su lengua me demuestra reciprocidad. 

Lo vuelvo a situar en el suelo. Froto mis brazos y mis manos sobre todo su cuerpo, intentando brindarle mayor temperatura. Su pequeño cuerpecito, trémulo, me hace responsable de su destino. Su pequeña cola se mueve en señal de aprobación.

Decidido a no permitir que su desvalida situación le juegue en contra, lo insto a ser mi compañero de caminata. Moviendo la cola se enreda entre mis piernas, corre, busca algún territorio para marcar, se devuelve. El vapor sale de su hocico mientras el sol comienza a aparecer lentamente. 

Quisiera seguir caminando, pero me parece que el frío es insostenible. El perro pareciera obviar el contexto en el que se encontraba hasta antes de vernos unidos por el mutuo y anónimo vínculo. Comienzo a socavar los restos de adversidades para volver a casa.

En casa busco arroparlo. Con una toalla lo seco. Le doy un poco de agua y comida que conseguí con un vecino. Se ve hambriento. Sigue moviendo la cola. Y mientras lo veo masticar me comienzo a cuestionar. ¿Dónde me está llevando la simpatía por este pequeño individuo?

Más tarde, cuando el frío invernal apacigua, salimos nuevamente a por una caminata indecisa. Y lo veo andar, con el vaivén de su colita, olfateando el pasto y los autos estacionados, corriendo lejos y luego volviendo, como si yo fuera el punto de referencia, de apego.

Se va con el andar apresurado por las calles y los arbustos. Entre rejas y alambres parece querer esconderse, para luego volver indómito hacia mí. Y el ejercicio se repite. Y yo lo veo desde la lejanía y la cercanía. Lo acaricio. Es presencia reciente de mi vida y yo pareciera ser eterno en la suya. 

Con la tecnología de Blogger.

El nombre

Penumbra de la paloma
llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde
cuando la sombra no entorpece los pasos
y la venida de la noche se advierte
como una música esperada y antigua,
como un grato declive (…)

Calle desconocida, J.L.B