1
La estación de trenes lucía muy
nueva, casi sin estrenar, pero el desértico panorama al que me estaba
enfrentando me hacía dudar de la realidad de aquello que yo veía. Los andenes
eran interminables, como si trenes infinitos se acoplaran en los rieles a la
espera de personas invisibles, con viajes y sueños invisibles.
Tenía la leve intención de viajar
hacia Barcelona, pero la realidad de mi pasaje indicaba que mi destino no era
otro que München. Volver al sur de Alemania había significado un trabajo de
varios meses, como si la quimera estuviese conformada por un deseo erróneo. De
vez en cuando me arremangaba la manga de la chaqueta y buscaba en mi brazo el
reloj para corroborar la hora, pero sólo veía mi piel blanca y un mínimo indicio
de marca aún más blanca, dando a entender que alguna vez un reloj ocupó aquél
lugar de mi muñeca por mucho tiempo.
El único cartel electrónico mostraba
tan sólo un viaje próximo, el mío, y eso me inquietaba, acaso porque la
responsabilidad de tomar ese tren era aún mayor. No podía fallar, pues era
vital para mis planes subirme a aquél tren y viajar las casi quince horas, sin interrupciones,
para llegar a mi destino; no era mi anhelo, porque el mío era Barcelona, pero
tras la alarmante conversación de la última noche con la dueña de la pensión en
la que yo alojaba, no quedaba otra alternativa que ir a la región bávara.
Me preocupaba no poder ser capaz de
ver la hora. Entender el paso del tiempo, o al menos tener una verificación
constante de que la realidad está ocurriendo, me acompañaba desde aquél
cumpleaños en el que yo, siendo un niño, recibí de mi padre un reloj muy
precario, casi de juguete, que atesoré hasta su muerte, día en el que decidí
despojarme de aquella pieza barata e inservible. El ver la hora, sin embargo,
se hizo una costumbre propia de mi personalidad, como si me hubiese
transformado en un adicto a las agujas equívocas.
Había intercambiado mi reloj, uno de real
valor que había comprado muchos años antes en una feria de reliquias en
Varsovia, por aquél pasaje indeseado. El trueque no fue una decisión fácil,
pero atendiendo al nulo poder adquisitivo con el que me presentaba frente al
viejo de la casa junto al río, era lo único que podría sacarme de aquél lugar.
El viejo tenía un aspecto huraño,
decaído; los años parecían haberse plasmado en las arrugas, tan abundantes y
delgadas, como cortes muy finos que con el tiempo cicatrizaron quedando en el
estado actual. Su espalda era curva y jorobada, haciéndolo un hombre en
constante desequilibrio, teniendo que combatir aquella condición con un bastón
casi tan viejo como él. El viejo era pobre, su casa era una pequeña
construcción de adobe en la que había una pequeña cama, una cocinilla, un
plato, un vaso, unas pocas frazadas y una bacinica que seguramente era su baño.
Nada de su aspecto y situación reflejaba el gran negociador que había detrás de
esa miserable realidad. La carencia en el vivir, al menos tan precaria según mi
percepción (a pesar de que mi estilo de vida nunca fue de lujos), me hacía
pensar que la obtención del pasaje sería fácil, casi un robo indolente. No
obstante y tras varios minutos de espera, me llevó unos pocos segundos advertir
en su comportamiento una nula intensión de facilitar el trámite.
Me presenté intentando esbozar una
sonrisa, escondiendo en lo posible la urgencia con la que necesitaba obtener el
pasaje. El viejo abrió la puertita de madera con dificultad, porque las tablas
de las que estaba hecha chocaban con el desnivel del suelo, debiendo producirse
un sonido irritante, provocado por la madera rasgando la tierra, cada vez que
la agujereada compuerta se maniobraba.
Era muy pequeño, al igual que su
casa, a la que debí entrar encogido y casi doblado para poder involucrarme en
la situación. El viejo caminaba lentamente y cojeaba siempre a punto de caer de
cara al suelo, pero en esa dificultad parecía haber desarrollado una destreza
única que lo hacía un enorme caminador endeble. Se sentó sobre una tabla
sostenida por dos pequeños troncos. Yo busqué sin mucho éxito algún lugar en
dónde ubicarme cómodamente, por lo que preferí hacer del suelo mi asiento.
Mi altura era ahora menor que la del
viejo, que parecía gozar en silencio con mi nueva pequeñez, adoptando él un
aire poderoso, de quién tiene la potestad de decidir el futuro próximo según su
conveniencia. No obstante su aspecto no terminaba por convencerme, siendo
difícil ejercer algún tipo de respeto hacia su persona, entenderlo como el ser
autoritario que la realidad de los hechos establecía.
Su mentón parecía carecer de carne,
siendo este un pedazo de hueso y piel sucia, adornada con largos y escasos
vellos grises; las manos eran pequeñas, pero de dedos largos y gruesos, con un
aspecto duro y seco. Sólo ciertas muecas que parecían involuntarias, como
espasmos crónicos, mostraban unos pequeños ojos acuosos y lánguidos que alguna
vez deben haber visto a muchos incrédulos como yo, que se presentaban ante él,
con sus conocimientos e historiales, pidiendo clemencia por un pasaje que los
sacara de aquél pequeño pueblo.
Parecía insólito que un pueblo tan
pequeño como ese tuviera una estación de trenes tan grandilocuente. Era la
perfecta construcción para una urbe moderna y enorme, en la cual se producía un
ir y venir de los más sofisticados trenes de los países más desarrollados de
Europa. Pero en este espejismo tangible que significaba la estación no habían
ni trenes, ni personas que venían o se iban a los países europeos. No había
bullicio ni la intensidad con la que funcionan las grandes estaciones de
trenes; sólo un silencio indescifrable que se expandía por cada uno de los
pasillos fríos y perfectamente pintados de gris claro.
Igual de insólito me parecía que, a
pesar de todas las prestaciones de aquella monumental instalación, un solo
viejo centenario, morador de una minúscula y fragil﷽﷽﷽﷽﷽﷽ecaria casita de adobe mins l instalacila
instalaciestaciones de trenes. Sara de aquhechos estableccse un sonido irritágil
casita de adobe, fuera el poseedor del único pasaje (no tenía constancia de que
hubiesen más pasajes disponibles) de un tren que parecía ser el solitario
fantasma equivocado y del cual tampoco había certeza de su existencia. No me
quedaba más que entregarme a su merced y disponer de sus indicaciones.
El principal problema que enfrenté
tras entrar a su casa fue el idioma. El viejo hablaba un dialecto del cual ya
me habían informado, pero mi necedad de citadino que todo lo quiere rápido me
llevó a no concederle mayor importancia al asunto, involucrándome en una
conversación imposible, debido a mi absoluto desconocimiento de aquél lenguaje
añejo. Por supuesto que el viejo no intentó comprenderme ni hacerse comprender,
generando un ambiente tenso en el que el tiempo apremiaba y mi paciencia se
diluía con el pasar de las palabras.
El dialecto tenía tintes árabes,
mezclado con una pronunciación catalana o francesa, pero muy lejano a cualquier
jerga antes escuchada, por lo tanto, la utilización de señas fue la que, por mi
parte, intentó hacerle entender que la razón de mi interrupción a su quieto
vivir era por el pasaje a la ciudad de München. Estoy seguro que el viejo sabía
de mis razones, dudo que haya cumplido otro rol tan importante en el pueblo,
pero parecía pertinente explicarme a modo de presentación, buscando mostrarme
como un hombre educado y respetuoso por sus costumbres.
Nos llevó varios minutos creer estar
en el mismo plano contextual (podría presumir de mi excelente percepción del
paso del tiempo, pero la tensión en la que me encontraba me había hecho perder
esa noción tan ejercitada), pero ya entrados en ese camino, pudimos ser muy
breves a la hora de entender nuestras necesidades. Él quería algo de valor, y
que excediera el valor del pasaje. Lo interesante es que para él el pasaje no
tenía un valor monetario, más bien le otorgaba un valor sentimental, y se
encargaba de hacerme entender que el pasaje era algo que yo necesitaba y del
cual no podía prescindir. Tales resoluciones eran siempre parte de mis propias
conclusiones, ya que mediante el uso de señas y dibujos en la tierra no se
puede obtener algo muy preciso, por lo que es ahora cuando adorno aquellas
interpretaciones.
Habíamos llegado a un punto muerto.
La conversación se había hecho laberíntica y noté en el viejo un gesto de
cansancio. Temí de pronto que mi presencia ya no fuera suficiente para su
provecho, lo que me urgió a aumentar mis esfuerzos por concluir mi visita.
Demás está decir que no estaba dispuesto, de verme expulsado por el viejo, a
actuar de una forma más violenta, atacándolo sin tener la certeza de poder
obtener el pasaje. Alentado por el frío que comenzaba a colarse entre los
abundantes orificios de la casa, moví con mi mano la manga que cubría mi
muñeca, aún ocupada por mi preciado reloj. Eran las cinco de la tarde en punto.
Tardé en volver la mirada hacia el viejo porque ocupé ese silencio para sacar
cálculos, intentando, sin el ímpetu necesario, configurar un plan de emergencia
si es que esta reunión no daba frutos. Resignado, me preparaba para un nuevo
intento de negociación, el último, cuando al mirar al viejo, éste sostenía en
sus trémulas manos, un papel amarillo.
Su rostro había adquirido rasgos
joviales ya que por primera vez tenía los ojos más abiertos que de costumbre.
Había una clara expresión de interés, la cual confirmó cuando de pronto se paró
de la tabla sostenida por los troncos y, con paso cansino, se acercó hacia mí,
indicando mi muñeca con uno de sus dedos gruesos. Estaba claro que el viejo
quería mi reloj y de pronto un haz de luz se coló por uno de los orificios,
como aclarando el panorama; por fin tenía mi salida, pero hubiese preferido
cualquier otro tipo de trueque, ya que mi reloj era quizás el único bien
material al cual había otorgado cierto valor. De pronto las interpretaciones
sobre el valor monetario y el valor sentimental que hace algunos instantes
había hecho cobraban relevancia.
Procuraba hacerme el desentendido en
la medida de lo posible, pero era difícil obviar las intenciones del viejo que
ahora, con insistencia, apuntaba hacia mi muñeca con ánimos de desenfundarla y
mostrar el derrotero del tiempo. Con resignación subí la manga y dejé al
descubierto mi piel blanquecina, tan bien adornada por el artefacto. Si hubiese
podido, el viejo daba un salto y rompía el techo de su vivienda. Dudo que
alguna vez, al menos en el corto plazo, haya estado tan feliz como ese momento.
Parecía tener la certeza de que ese reloj ya era suyo, que mi desesperación lo
valía y que nada podía truncar el negocio. Se acercó aún más y con la uña de su
dedo índice hizo sonar tres veces el vidrio del reloj, mirándome directamente a
los ojos, haciéndome sentir tan próximo a mi destino, mostrándome el papel
amarillo que aún no examinaba.
Está bien, pensé. No queda otra
opción que hacerlo. Desamarré con cuidado la correa de cuero y puse el reloj
sobre mi mano, admirándolo por ultima vez, intentando encontrarle algún defecto
que hiciera menos dolorosa su entrega; pero hacerlo parecía un engaño y asumir
su destino era el duelo temprano que, en otras circunstancias, hubiese sido
evitable, imposible. Con desgano estaba por entregar el reloj cuando recordé no
haber examinado el pasaje. Hasta el momento, el papel amarillo podía ser
cualquier cosa menos un pasaje de tren, por lo que le hice entender al viejo
que debía examinar primero el papel antes de llevar a cabo la transacción.
Parecía un trato justo teniendo en cuenta que él ya había podido apreciar el
funcionamiento de su parte del negocio, sin embargo mi observación pareció
agitarlo, irritándolo hasta el punto de querer deshacer el trueque. Su
comportamiento me alteró porque imaginé que todo lo acordado se derrumbaba,
siendo el pueblucho parte de mi presente y sobre todo de mi futuro, una
realidad que me abrumó hasta el punto de entrar en una pequeña crisis interior,
la cual superé al entregarle al viejo el reloj sin siquiera haber reclamado el
papel.
No le fue fácil, pero tras una breve
inspección de su nuevo tesoro, me entregó el papel sin mirarme y haciendo
ademanes para que abandonara su casa. Me invadió una congoja violenta, al
sentirme humillado por un indefenso viejo cuyo único objetivo había sido
despojarme de mi más valioso bien. De pronto la sensación tras obtener lo que
había buscado incesantemente no correspondía a la satisfacción de quién logra
lo propuesto. Miré el papel y efectivamente era un pasaje hacia München desde
la estación de trenes del pueblucho. Una leve alegría hizo el amago de
dominarme, pero pronto fue absorbida por el anhelo irrefutable de volver a
tener mi reloj.
Dejé detrás la casa del viejo y el
cielo comenzaba a cubrirse de gris. El frío, característico de sus tardes, me
crispó la piel y ahora urgía un café caliente. Caminé sin gran apuro, buscando
en el paisaje el aliciente para permitirme algún grado de felicidad que no
encontré. Sin nada más que el papel amarillo en mis manos y una bufanda
colorada que cubría mi cuello, entré a la estación de trenes, en dónde la
soledad me esperaba.